“Juego y distracción” de James Salter.

Esta ciudad azul, indolente. Sus gatos. Su cielo pálido. El cielo vacío de la mañana, exhausto y puro. Sus calles hondas, hendidas. Sus patios angostos, el tenue olor a podredumbre dentro, peladuras de naranja tiradas en las esquinas. Los bordillos desiguales, con los bordes gastados. Una ciudad de médicos, dueños todos de amplias casas. Cousson, Proby, Gilot. Hasta las calles llevan sus nombres. Pasadizos que cruzan la muralla romana. La Porte de Breuil, sus rejas de hierro hundidas en la piedra como clavos de alpinistas. Las mujeres suben la cuesta empinada sin resuello, con los pulmones silbando. Una ciudad en la que todavía abundan las bicicletas. Por las mañanas pasan silenciosas. El olor del pan llena las calles.

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–Ésa es Anna Soren –me susurra Billy.

La reconozco, ha sido una actriz famosa. Los escombros de una gran estrella. Labios estrechos. La cara de una bebedora impenitente. Continuamente se apila el pelo con las manos y luego lo suelta. Se ríe, pero en silencio. Todo discurre en silencio: está hecha de ayeres.

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Pajot es un escritor, es bajo, inmensamente gordo, tiene la cara de un querubín con bigote. Su vida es admirada. Comienza al atardecer: duerme todo el día. Se alimenta a base de patatas y caviar, y de gran cantidad de vodka. No sólo se parece a Balzac, sino que asegura que es Balzac.

–¿Escribe como él?

–Bastante trabajo es parecerse a él –revela Beneduce.

Alcanzo a oír a Pajot. Tiene una sonora voz ronca de bajo. Fuma un prurito negro.

–Anoche cené con Tolstói… –dice.

Detrás de él hay hileras de hermosos libros depositados sobre anaqueles de cristal e iluminada desde abajo, como una fachada histórica.

–…estuvimos hablando de cosas que han dejado de existir.

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A él le gusta a veces penetrarla mientras ella está hablando. Se queda callada, las palabras brotan como pedazos de papel. Es capaz de silenciarla, de dirigir su respiración. En las grandes y secretas provincias donde ella existe entonces, caen estrellas como confeti, los cielos se tornan blancos. Los veo en la penumbra. Sus rostros muy juntos. La boca de ella es pálida y tierna, los labios sin carmín. Su cuerpo abierto irradia un calor que hay que estar muy cerca para percibir. Hablan de una visita a St. Léger. Ella lo describe. Es muy agradable organizar el día, la hora a la que irán, a quién es probable que se encuentren. Ella habla de sus padres, de la casa, de la vecina que siempre pregunta por ella, de los chicos con los que salía. Uno tiene un Peugeot ahora, no está mal, ¿eh? Otro tiene un Citroën. Su padre le cuenta todos los accidentes: eso es lo que más le preocupa. Dean escucha como si ella estuviera relatando un cuento maravilloso, lleno de inventiva, un cuento que, si se cansa, puede interrumpir con el más sencillo de los gestos.

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Dean se mira en el espejo mientras ella se desviste. Está desnudo. Se mira de cuerpo entero, con los brazos en jarras. Se ve como una persona diferente. Lo complace su delgadez, su pelo, que ha crecido demasiado, el reflejo triunfante de sí mismo. Es consciente de que ella se mueve a su espalda, pero lo que le interesa es su propia desnudez, excitante gracias a la presencia de Annie. La cuestión es que se descubre a sí mismo en presencia de ella. Es el reflejo con el que tienen que medirse todos los demás. está satisfecha de sí mismo. Su polla le parece ferozmente grande.

–¿Cómo hacemos el amor esta noche? –pregunta ella.

Y aguarda. Es capaz de convocar a todo el campo negro que los circunda, los silencios en que reposa cada objeto, cada forma. Las hojas invisibles que llenan la noche se rozan levemente. Las hierbas están inmóviles. Si uno escucha atentamente: el hilo de agua al pie de las ventanas baja por una cara de piedra y cae en el verdín. El croar de una rana. En el corazón de todo esto, yacen en una habitación de techo alto, con las cortinas corridas contra la luz de la mañana. La tenue acidez del sudor se seca en ellos, y también otra humedad, incolora, se endurece. Después estaban demasiado cansados para levantarse. Duermen sin moverse, con la manta por encima para protegerse del frío del alba.

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Los pechos le cuelgan dulcemente, como las ramas bajas de un árbol, como puñados de dinero.

 

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3 respuestas a “Juego y distracción” de James Salter.

  1. Provi dijo:

    me ha parecido increible este fragmento, esta la novela en castellano?

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