“Crónica de los Wapshot”. John Cheever.

Benjamin no se había hecho retratar con su uniforme de capitán. Nada de eso. Aparecía con una gorra de terciopelo amarillo, adornada con piel, y una amplia túnica o bata de terciopelo verde, como si él, criado en aquella costa agreste y destetado con judías y bacalao, se hubiera transformado en un mandarín o en un aguileño príncipe renacentista, arrojando huesos a los mastines y joyas a las prostitutas y bebiendo vino en copas de oro, con los lazos de terciopelo de sus calzas a punto de reventar.

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El corazón de la casa de los Wapshot había sido edificado antes de la guerra de Independencia, pero desde entonces se habían llevado a cabo muchas obras para ampliarla, que daban a la casa la altura y la anchura de ese sueño recurrente en el que uno abre la puerta de un armario y se encuentra con que, en su ausencia, allí han surgido un corredor y una escalera. La escalera se eleva hacia lo alto y se convierte en un vestíbulo en el cual hay muchas puertas entre estanterías de libros, cualquiera de las cuales conduce de una espaciosa habitación a otra, de tal modo que uno puede vagar ininterrumpidamente, sin buscar nada, por un lugar que, incluso mientras se sueña, no parece en absoluto una casa, sino una construcción sin orden ni concierto, erigida para responder a alguna necesidad de la mente dormida.

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Malcolm Peavey conduce su velero río arriba y hay tanto silencio que sienten el ruido que hace al pasar. En la cocina, alguien está guisando una carpa y, como todo el mundo sabe, la carpa hay que cocerla con un buen burdeos, con ostras, anchoas, tomillo, mejorana, albahaca y cebollitas. Todo eso se puede oler. Pero cuando vemos a los Wapshot, desperdigados por su rosaleda cercana a l río, escuchando al loro y sintiendo el bálsamo de esas tardes que, en Nueva Inglaterra, huelen, así, a cosas de doncellas –a raíces de lirio y jabón de tocador y habitaciones alquiladas, mojadas porque una ventana quedó abierta y hubo tormenta; a orinales, y sopa de acederas, y rosas, y telas de cuadros, y césped; a togas de coro y ejemplares del Nuevo Testamento encuadernados en cuero blando, y pastos en venta radiantes de ruda y helechos–, cuando vemos las flores que Leander ha sujetado con palos de hockey rotos o con palos de escoba, cuando vemos que el espantapájaros del maizal lleva puesto el uniforme rojo de la extinta Guardia Montada de Saint Botolphs y que el agua azul del río parece estar mezclada con nuestra historia, sería erróneo decir, como dijo una vez un fotógrafo especializado en arquitectura, después de fotografiar la puerta lateral: “Es exactamente como una escena de J.P. Marquand”. Ellos no son así, son gente del campo, y en el centro de la reunión está sentada la tía Adelaida Forbes, viuda de un maestro. Escuchad lo que dice la tía Adelaida.

–Ayer por la tarde –dice la tía Adelaida–, a eso de las tres o tres y media, cuando había suficiente sombra en el jardín como para no coger una insolación, salí a arrancar unas zanahorias para la cena. Bueno, pues estaba arrancando zanahorias y, de repente, arranqué una zanahoria rarísima. –Extendió los dedos de la mano derecha sobre su pecho, como si le fallara la capacidad descriptiva, pero luego la recuperó–. Bueno, yo he arrancado zanahorias toda mi vida, pero nunca vi una zanahoria como ésta. Crecía en una hilera normal. No había piedras, ni nada que lo justificara. Bueno, esta zanahoria era tal cual, no sé cómo decirlo, esta zanahoria era igualita a las partes del señor Forbes –un rubor le subió a las mejillas, pero el pudor no retuvo ni retrasó su relato. Sara Wapshot sonreía seráficamente ante el crepúsculo–. Bueno, pues me llevé las otras zanahorias a la cocina para la cena, y envolví esta zanahoria tan extraña en un pedazo de papel y se la llevé a Reba Heaslip. Como es una solterona, pensé que le interesaría. Ella estaba en la cocina, así que le di la zanahoria. Ese es el aspecto que tiene, Reba, le dije. Es exactamente igual.

Entonces, Lulú los llamó para cenar y entraron en el comedor, donde el olor a vino de burdeos, pescado y especias mareaba. Leander bendijo la mesa y les sirvió y, cuando probaron la carpa, todos dijeron que no sabía a agua estancada.

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El mundo está lleno de distracciones –encantadoras mujeres, música, películas francesas, boleras y bares–, pero a Coverly le faltaba vitalidad o imaginación para distraerse. Iba a trabajar por las mañanas. regresaba a casa al anochecer, llevando una cena congelada, que descongelaba y se comía en el mismo cacharro. Su realidad parecía asediada o combatida; su capacidad de esperanza parecía dañada o destruida. Hay cierto aldeanismo en algunos tipos de desgracia –una lejanía geográfica como en la vida que lleva el guarda de un paso a nivel–, un punto en el que la vida se vive o se soporta con el mínimo de energía y percepción, y en el que la mayor parte del mundo parece pasarnos velozmente por delante como los pasajeros de los maravillosos trenes de Santa Fe. Esa clase de vida tiene sus compensaciones –solitarias y soñadoras–, pero es una vida privada de amistad, relaciones y amor y hasta de una viable esperanza de huida. Coverly se encerró en esa ermita emocional, y entonces llegó una carta de Betsey.

“Cariño –escribía–, vuelvo a Bambridge para ver a la abuela. No intentes seguirme. Siento haberme llevado todo el dinero, pero en cuanto tenga trabajo te lo devolveré. Puedes pedir el divorcio y casarte con alguien que te dé hijos. Sospecho que yo soy nómada y ya estoy errando otra vez”.

Coverly fue al teléfono y llamó a Bambridge. Le contestó la abuela.

–Quiero hablar con Betsey –gritó–, quiero hablar con Betsey.

–No está aquí –dijo la anciana–. Ya no vive aquí. Se casó con Coverly Wapshot y vive con él en algún sitio.

–Yo soy Coverly Wapshot.

–Y si es usted Coverly Wapshot, ¿para qué me molesta? –preguntó la anciana–. Si es usted Coverly Wapshot, ¿por qué no habla directamente con Betsey? Y cuando hable con ella, dígale que se ponga de rodillas para decir sus oraciones. Dígale que si no se arrodilla, no valen.

Luego colgó.

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