Sólo de lo perdido. Carlos Castán.

Me pregunté cuánto tiempo haría que no entraba en esa casa una botella de vino. Mi abuelo, que en paz descanse, no era un mal bebedor, recuerdo haberlo ido a buscar de crío más de una vez por las tascas del barrio algunos domingos de comida familiar porque, según decía, se le iba el santo al cielo y todo el mundo esperando con la mesa puesta mientras él pedía una última ronda y hablaba de la guerra y de Luis Miguel Dominguín. Recuerdo esas tabernas llenas de toneles enormes donde solían obsequiarme con un puñado de aceitunas o un boquerón en vinagre y en las que el vino era como una especie de rocío que le salía a la madera del mostrador y a los barriles, un sudor afrutado que invadía el aire donde Sénecas frustrados pontificaban acerca de esto y de lo otro, el gobierno, el Tour de Francia, lo vano de la vida, la velocidad del tiempo. En su último año de vida, acorralado por males sin remedio, la abuela le ponía cocacola en la mesa diciéndole que era vino y a la pobre se le salían las lágrimas de los ojos viendo que aquel hombre, la vieja autoridad de las bodeguillas del barrio, no era ya capaz de notar la diferencia. (“Las visitas”).

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La ausencia de alguien que ha muerto es algo que ciertamente no se puede tocar, pero casi. No es ya sólo esa especie de sombra que se desliza por los pasillos y se esconde en los armarios donde se almacenan los trajes que dejó vacíos, sobre todo un par de zapatos negros que siempre parece que van a echar a andar con su leve cojera de excombatiente y perseguirme otra vez por las habitaciones, “yo te enseñaré, pequeño bastardo”. No es esa vieja leyenda de toses en medio de la noche que suenan desde lo que fue su cuarto entreabierto, ni fantasmas de piel de agua, ni lamentos de cañerías o viento que golpea las persianas. La ausencia de un muerto reciente es por encima de todo una porción de aire ligeramente más espeso que el resto, que guarda su olor y se posa sobre las cosas como una sombra de nube. (“El acomodador”)

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En realidad no sé bien a qué tenía miedo, no era tanto el temor a que se acabara de desmoronar del todo un matrimonio que ya hacía aguas por los cuatro costados como el pánico a que ella me mirase como se mira a un traidor, quizás a alguna lágrima suya que se escaparía sin duda, al mar de preguntas, a no encontrar las palabras y quedarme allí, sonrojado e inerme, culpable de meter en nuestras vidas el veneno de la desconfianza y el fantasma del fin. Miedo también a hacerle daño, siempre medio enferma, con su bata raída de andar por casa, siempre medio cosiendo, medio viendo la tele, miedo de su tristeza, de esa tristeza suya de tardes de costura con mala luz y boleros de abandono y meriendas de café con leche en la mesa de la cocina y juventud que se escapa rauda, como la sangre de una vena acuchillada, a toda velocidad, bragas cada día más grandes, tallas holgadas, ganas de llorar a veces porque sí simplemente, cremas y más cremas en la repisa del lavabo, gafas para casi todo. Esa tristeza como de falta de aire. Iré a verte, Susana, ya verá cómo sí, encontraré el modo. Encontraré el momento, encontraré la forma de decirle que me voy unos días, un par de días aunque sea, un día. Llegaré al lugar en penumbra en donde duermes desnuda y retiraré despacio la sábana que esconce tu suavidad salvaje, ya lo verás, y me acurrucaré con la cara escondida entre tus pechos mientras al otro lado de la ventana suena en sordina el tráfico sobre el suelo mojado, los autobuses de turistas que se dirigen somnolientos al Guggenheim, las furgonetas de reparto, los coches de la policía de aquí para allá, nos amaremos mientras el agua cae mansamente sobre un Bilbao de sombras y árboles grises. Lo haré, mi vida, pero ahora está durmiendo en el sofá y el libro se le ha quedado abierto sobre el pecho, y la veo ahí, Susana, y siento espanto de un dolor que casi puedo tocar, junto a sus ojos cerrados, enredado entre sus dedos. Ella no entendería que quisiera irme, nos hacemos compañía aquí, yo voy siempre a comprar el pan, cada noche le extiendo una pomada por la espalda, escuchamos la radio hasta la madrugada. Ella tiene su genio, y no lo sé, lo mismo mete las narices en todo que ni respira para no molestar. No estoy seguro, pero a lo mejor nuestras vidas por separado tienen que ser por fuerza como túneles oscuros, cuando tú te canses de mí y regreses a tu mundo de sábados girando en la pista y muchachos que ríen apoyados en coches rojos, con sus gafas de sol y su vida por delante. (“La falta de aire”).

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