Los tiernos lamentos. Yoko Ogawa.

En ese momento resonó el grito de un pájaro, claro y fuerte, que se abría camino entre los abedules. También se hizo perceptible el murmullo de las ramas de los árboles.

–Es conservadora de museo.

Al principio no lo oí bien por el grito del pájaro. Instantes después comprendí que me estaba hablando de su mujer.

–Ella amó más que nadie que yo tocara el piano.

Levanté la mirada hacia su perfil. Inspiró profundamente y, después de dar un golpecito con la regla a la caja de café, prosiguió:

–Seguramente esa fue la causa por la cual no quiso venir conmigo cuando abandoné el piano para dedicarme a la fabricación de clavecines.

–¿Y por qué abandonó el piano? –le pregunté para arrepentirme enseguida de haber formulado la pregunta. Porque acababa de dirigir hacia mí su mirada y permanecía callado. No parecía haberse enfadado. E incluso me pareció que esbozaba una ligera sonrisa. Pero era una sonrisa débil, desalentada, que podía convertirse fácilmente en tristeza.

–Porque carecía de talento –me contestó tras un silencio.

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Con el viento, sus cabellos cortos se levantaban ligeramente antes de volver de inmediato a su lugar. Eran el único punto de su cuerpo que se movía.

Era la primera vez que veía llorar a alguien de una manera tan triste y tan magnífica. Hasta el extremo de que sentía más deseos de mirarla llorar que de intentar consolarla.

 

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