“El Gatopardo”, Giuseppe Tomasi di Lampedusa. (2)

No había elevado el tono de voz, pero su mano apretaba cada vez con más fuerza la cúpula de San Pedro; al día siguiente se vio que la diminuta cruz de la cúspide estaba hecha trizas. “El sueño, querido Chevalley, el sueño es lo que más desean los sicilianos, y siempre odiarán al que pretenda despertarlos, aunque sea para traerles los mejores regalos; dicho sea entre nosotros, personalmente dudo mucho de que el nuevo reino tenga demasiados regalos para nosotros en su equipaje. Todas las expresiones sicilianas son expresiones oníricas, hasta las más violentas: nuestra sensualidad es deseo de olvido, nuestros escopetazos y nuestras cuchilladas son deseo de muerte; deseo de voluptuosa inmovilidad, o sea también de muerte, son nuestra pereza, nuestros sorbetes de escorzonera o de canela; cuando nos ponemos pensativos, se diría que es la nada queriendo escrutar los enigmas del nirvana. Así se explica el poder desmedido que ejercen aquí ciertas personas: son aquellos que están semidespiertos; como también el famoso siglo de retraso en las manifestaciones artísticas e intelectuales de Sicilia: las novedades sólo nos atraen cuando sentimos que están muertas, que ya no pueden producir corrientes vitales; a ello se debe asimismo ese fenómeno increíble de la creación actual, ante nuestros ojos, de unos mitos que si fueran realmente antiguos despertarían veneración, pero apenas logran ser siniestras tentativas de sumergirse otra vez en un pasado que nos atrae precisamente porque está muerto”.

Ferdinando-Scianna_650x435(Ferdinando Scianna)

Los Sicilianos jamás querrán mejorar por la sencilla razón de que se creen perfectos; en ellos la vanidad es más fuerte que la miseria; toda intromisión de extraños, ya sea por el origen o –si se trata de Sicilianos– por la libertad de las ideas, es un ataque contra el sueño de perfección en que se hallan sumidos, una amenaza contra la calma satisfecha con que aguardan la nada; aunque una docena de pueblos de diversa índole hayan venido a pisotearlos, están convencidos de tener un pasado imperial que les garantiza el derecho a un entierro fastuoso. ¿De verdad cree usted, Chevalley, que es el primero que pretende encauzar a Sicilia en la corriente de la historia universal? ¡Quién sabe cuántos imanes mahometanos, cuántos caballeros del rey Rogelio, cuántos escribas de los suevos, cuántos barones de Anjou, cuántos legistas del Católico concibieron también esa hermosa locura! ¡Y cuántos virreyes españoles, cuántos funcionarios reformadores del reino de Carlos III! ¿Quién recuerda ahora sus nombres? Pero su insistencia fue en vano: Sicilia prefirió seguir durmiendo; ¿por qué hubiese tenido que escucharlos, si es rica, sabia, honesta, si todos la admiran y la envidian, si, para decirlo en una palabra, es perfecta?

Scianna_Pantelleria_1962(Ferdinando Scianna)

En la débil luz violácea de las cinco y media de la madrugada, Donnafugata se veía desierta y desamparada. Ante cada casa, los desechos de las mesas miserables se acumulaban junto a los muros desconchados; temblorosos perros hurgaban en ellos con afán siempre infecundo. Algunas puertas ya estaban abiertas y el hedor de los que dormían hacinados llegaba hasta la calle; al resplandor de los pabilos, las madres examinaban los párpados de sus hijos enfermos de tracoma; casi todas llevaban luto y muchas habían estado casadas con alguno de esos monigotes que aparecen de improviso a la vuelta de los senderos. Los hombres cogían el azadón y se marchaban en busca de quien, Dios mediante, pudiera darles trabajo; silencio extenuado o voces histéricas chillando a más no poder; por la parte del Santo Spirito el alba marcaba ya su aureola de estaño en las plomizas nubes.

Chevalley pensaba: “Esta situación no durará mucho; con nuestra administración, nueva, ágil, moderna, todo cambiará”. El Príncipe se sentía abatido: “Todo esto –pensaba– no debería durar; sin embargo, durará, durará siempre; el “siempre” humano, desde luego, un siglo, dos siglos…; luego será distintos, pero peor. Nosotros hemos sido los Gatopardos, los leones; quienes ocupen nuestro lugar serán los pequeños chacales, las hienas; y todos, Gatopardos, chacales y ovejas, seguiremos creyéndonos la sal de la tierra”. Después de darse mutuamente las gracias se despidieron. Chevalley trepó a la diligencia, suspendida entre cuatro altas ruedas color de vómito. El caballo, lleno de hambre y de mataduras, inició el largo viaje.

Estaba amaneciendo; la poca luz que conseguía atravesar la espesa capa de nubes tropezaba luego con la suciedad inmemorial de la ventanilla. Chevalley estaba solo; entre golpes y tumbos se humedeció con saliva la punta del índice y limpió en el cristal un círculo del tamaño de un ojo. Miró: ante él, bamboleándose bajo la luz cenicienta, se abría el paisaje irredimible.

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