“El Gatopardo” de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

Pero el jardín, comprimido y macerado entre sus límites, despedía fragancias untuosas, carnales y levemente pútridas como los líquidos aromáticos que destilan las reliquias de ciertas santas; el penetrante olor de los claveles superaba al perfume canónico de las rosas y al oleoso aroma de las magnolias, más densos en los rincones; y también se notaba la escondida fragancia de la menta mezclada con el aroma infantil de la mimosa y el olor a confitería del arrayán, y desde el otro lado del muro los naranjos y limoneros derramaban el olor a alcoba de los primeros azahares.

Era un jardín para ciegos: allí la vista no encontraba más que ofensas; el olfato, en cambio, un manantial de placeres, si no delicados al menos muy intensos. Las rosas Paul Neyron cuyas plantitas él mismo había adquirido en París habían degenerado: estimuladas primero y agotadas luego por los jugos vigorosos e indolentes de la tierra siciliana, quemadas por los julios apocalípticos, se habían transformado en una especie de coles obscenas color carne que sin embargo destilaban una fragancia densa casi indecente que ningún cultivador francés se hubiera atrevido a imaginar. El Príncipe se llevó una a la nariz y pensó que estaba oliendo el muslo de una bailarina de la Ópera. Bendicó, a quien también le fue ofrecida, retrocedió asqueado y se apresuró a buscar sensaciones más saludables en un montón de estiércol y lagartijas muertas.

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El sol, que sin embargo en aquella mañana del 13 de Mayo distaba mucho de haber alcanzado su máxima vehemencia, era evidentemente el auténtico soberano de Sicilia: el sol violento e irrespetuoso, el sol soporífero incluso, que anulaba todas las voluntades y mantenía cada cosa en una inmovilidad servil, acunada por sueños violentos, sacudida por violencias arbitrarias como los sueños mismos.

Il Gattopardo - Film 1963

Todo transcurría con la serenidad de siempre, cuando de pronto Francesco Paolo, el hijo de dieciséis años, irrumpió ruidosamente en el salón: “Papá, don Calogero está subiendo la escalera. ¡Y lleva frack!”.

Tancredi valoró la importancia de la noticia un segundo antes que los demás; estaba dedicado a fascinar a la mujer de don Onofrio, pero cuando oyó la palabra fatal no pudo contenerse y estalló en una carcajada convulsiva. En cambio, el Príncipe no rió, pues aquella noticia le afectó mucho más que el parte del desembarco en Masala. Este último había sido un acontecimiento no sólo previsto sino también remoto e invisible. Ahora, en cambio, con lo sensible que era a los presagios y a los símbolos, veía aparecer a la Revolución misma encarnada en aquella corbatita blanca y en aquellos dos faldones negros que subían las escaleras de su casa. Ya no sólo había dejado de ser el principal propietario de Donnafugata, sino que se veía obligado incluso a recibir en traje de diario a un invitado que, como correspondía, se presentaba en traje de etiqueta.

Se sintió muy abatido, y dominado aún por ese sentimiento avanzó como un autómata hacia la puerta para recibir al invitado. Sn embargo, al verlo experimentó cierto alivio. Aunque desde el punto de vista político estuviese perfecto, podía decirse, en cambio, que como pieza de sastrería el frack de don Calogero era una catástrofe. La tela era muy fina, el modelo reciente, pero el corte era sencillamente monstruoso. El Verbo londinense se había encarnado con bastante poca fortuna en el artesano de Agrigento que había escogido don Calogero guiado por su tenaz avaricia. Los faldones elevaban sus puntas hacia el cielo en muda súplica, el ancho cuello era deforme y, por doloroso que resulte, es preciso decir que los pies del alcalde estaban calzados con borceguíes de botones.

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Aquella mañana, poco antes de llegar a la cima de la colina, Arguto y Teresina iniciaron la danza ritual de los perros que han olfateado la caza: se arrastraban, se ponían tensos, levantaban las patas con cautela, ahogaban los ladridos: minutos después un culito cubierto de pelos grises se deslizó entre la hierba, dos disparos simultáneos pusieron fin  a la silenciosa espera; Arguto depositó a los pies del Príncipe un animalillo agonizante. Era un conejo salvaje; la modesta casaca color de greda no había conseguido salvarlo. Horribles heridas le habían desgarrado el hocico y el pecho. Don Fabrizio se vio contemplado por dos grandes ojos negros, que invadidos rápidamente por un velo glauco, lo miraban sin rencor pero cuya expresión de doloroso asombro era un reproche dirigido contra el orden mismo de las cosas; las aterciopeladas orejas ya estaban frías, las patitas se contraían enérgica y rítmicamente, símbolo póstumo de una inútil fuga; el animal moría torturado por una angustiosa esperanza de salvación, imaginando, como tantos hombres, que aún podría superar el trance, cuando ya estaba condenado; mientras los piadosos dedos acariciaban el pobre hociquillo, un último estremecimiento sacudió el cuerpo del animal; el conejo murió, pero Don Fabrizio y Tumeo se habían entretenido; el primero había experimentado, además del placer de matar, el goce tranquilizador de compadecer.

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