“El paseo”, de Robert Walser.

robert walser

Algo como un dorado goce nostálgico y dulce magia melancólica flotaba como un alto y silencioso dios. “Este paraje es celestialmente bello”, me dije. Como una hechicera canción de despedida, que incitara a las lágrimas, el delicado paisaje se extendía con sus amables y modestas praderas, huertos y casas. De todas partes llegaba el resonar de leves  y antiquísimos lamentos populares y padecimientos del pobre y buen pueblo. Espíritus de cautivadoras figuras y ropajes surgían altos y suaves, y el amable y buen camino reverberaba celeste, blanco y dorado. Emoción y entusiasmo volaban como ángeles caídos del cielo sobre las doradas casitas pobres, que el sol abrazaba y enmarcaba cariñoso en un hálito rosado. Amor y pobreza y aliento dorado y plateado andaban y flotaban de la mano. Me sentí como si alguien me llamara amoroso por mi nombre, o como si alguien me besara y consolara. Dios omnipotente, nuestro clemente Señor, salía a la calle para glorificarla y darle celestial belleza. Imaginaciones e ilusiones de todo tipo me hacían creer que Jesucristo había bajado del cielo y caminaba y deambulaba por la amable comarca. Casas, huertos y personas se transformaban en sonidos, todos los objetos parecían haberse transformado en un solo espíritu y una sola ternura. Un dulce velo de plata y niebla espiritual nadaba en todo y se tendía alrededor de todo. El espíritu del mundo se había abierto, y todos los padecimientos, todas las decepciones humanas, todo lo malo, todo lo doloroso parecía esfumarse para no volver más. Anteriores paseos aparecieron ante mis ojos, pero la magnífica imagen del modesto presente se convirtió en sensación predominante. El futuro palideció, y el pasado se desvaneció. Yo mismo ardía y florecía en ese instante ardiente y floreciente. Cerca y lejos se alzaban lo grande y lo bueno con espléndido gesto, satisfacciones y enriquecimientos de argéntea claridad, y en mitad de la hermosa comarca yo no fantaseaba más que con ellos. Todas las demás fantasías se hundieron y desaparecieron en la insignificancia. Tenía ante mí toda la rica Tierra, y sin embargo tan sólo miraba hacia lo más pequeño y más humilde. Con amorosos gestos se alzaba y hundía el cielo. Yo me había convertido en un interior, y paseaba como por un interior; todo lo exterior se volvió sueño, lo hasta entonces comprendido, incomprensible. Desde la superficie, me precipité a la fabulosa profundidad que en ese momento reconocía como el Bien. Aquello que entendemos y amamos nos entiende y nos ama también. Yo ya no era yo, era otro, y precisamente por eso otra vez yo. A la dulce luz del amor, reconocí o creí deber reconocer que quizá el hombre interior sea el único que en verdad existe. Me aferro a la idea: “¿Dónde estaríamos los pobres hombres si no existiera la Tierra fiel? ¿Qué tendríamos si no tuviéramos esta belleza y bondad? ¿Dónde estaría yo si no pudiera estar aquí? Aquí lo tengo todo, y en otra parte no tendría nada”.

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