“País de nieve”. Yasunari Kawabata. (1935-1948) (y 2)

Un empleado del albergue acudió a advertirles que ya podían entrar en el andén. El tren acababa de llegar.

Con sus ropas sombrías y tristes de invierno, cuatro o cinco aldeanos subían o se apeaban del tren.

–No te acompaño hasta el andén. ¡Adiós!

Y Komako se quedó allí, mirando por la ventana acristalada y cerrada de la sala de espera- A través del vidrio la joven parecía un fruto extrañamente exótico, inexplicablemente expuesto en el sórdido escaparate de cualquier tiendecita miserable del país.

Y cuando el tren emprendió la marcha, por un brevísimo instante, un reflejo dio en la ventana de la sala de espera: el rostro de Komako apareció en él como un resplandor, para desaparecer inmediatamente. Y el color rojo de sus mejillas, irreal, había tenido el mismo brillo que el que se había reflejado en el corazón de la nieve cegadora, en el espejo, aquella mañana. De nuevo, para Shimamura, fue el color que anunciaba un adiós al mundo real.

El tren se encaramó por la ladera norte de la cordillera, y se hundió en el largo túnel.

Yasunari Kawabata

Shimamura, que se preguntaba si el insecto estaría muerto, rascó con un dedo el fino tamiz de la tela metálica; pero la mariposa no se movió. Cuando dio un golpecito seco a la tela, el animalito cayó, como una hoja muerta, lento y ligero en su caída, revoloteando y levantándose un poco todavía antes de tocar el suelo.

Delante de la ventana, ante la línea de los cedros, miríadas de libélulas danzaban al viento, arrastradas por él como los plumones de diente de león. Y las aguas del torrente parecían surgir del mismo extremo de las ramas más largas de los cedros.

En cuanto a la alfombra de flores plateadas que el otoño había depositado en las laderas de las montañas, Shimamura jamás podría cansarse de mirarla.

Komako, Yasunari Kawabata

–¿De qué puedo quejarme? –prosiguió Komako– Después de todo, sólo las mujeres saben amar.

Un ligero rubor cubrió su rostro, y Komako bajó la frente, fijando la mirada en el suelo.

El rígido cuello de su quimono, un tanto separado de su nuca, permitía profundizar en el blanco abanico de su espalda, descubierta hasta los hombros. Se trataba de una belleza un tanto melancólica: la belleza de aquella piel maquillada que uno adivinaba estremecida de vida bajo su blanco velo de polvo, y que hacía pensar un poco en una tela de lana, , tal vez, en el pelaje de un animal.

–Tal y como está el mundo… –insinuó Shimamura, no sin estremecerse ante el vacío de sus propias palabras.

Komako, haciendo caso omiso de lo que había dicho Shimamura, dijo simplemente:

–Siempre ha sido así. –Y después, levantando la frente, preguntó, mirándole– ¿Acaso no lo sabías?

Yasunari Kawabata

Sin que Shimamura se hubiese dado cuenta, Komako se había reunido con él. Su mano había buscado la suya, y Shimamura se volvió hacia ella, sin hablar; Komako miraba el fuego, cuyo resplandor cambiante ponía más animación todavía en su rostro ligeramente enrojecido y tenso. Shimamura se sintió profundamente conmovido y turbado. La joven llevaba el moño un tanto deshecho, y su escote descubierto se tensaba precipitadamente a cada respiración. Los dedos de Shimamura se estremecían de impaciencia, tan grande era su deseo de tocarla; hasta las manos se le humedecían de deseo. Pero la mano de Komako, en verdad, estaba más caliente todavía, Y, sin comprender por qué, Shimamura tuvo el presentimiento de su próxima separación: sintió que algo les imponía la separación.

Yasunari Kawabata

Le abrumó una angustia sin nombre, y el peso de una tristeza infinita en el corazón.

Komako se había apartado de él para saltar hacia los brazos del incendio en el mismo momento en el que había lanzado su grito desgarrador, tapándose los ojos, mientras el grito horrorizado de la muchedumbre todavía parecía retumbar. Su largo quimono de geisha había flotado tras ella mientras corría, tropezando entre los charcos de agua y los montones de vigas medio calcinadas que entorpecían su camino.

Por fin se volvió, trayendo a Yoko en sus brazos. El esfuerzo atirantaba sus rasgos y todas las facciones de su rostro, bajo el cual, inexpresivo y casi sereno, se balanceaba el propio rostro de Yoko, blanco e inanimado como suele aparecer siempre el ser humano cuando el alma ha abandonado el cuerpo.

Komako, de quien no hubiera podido decirse si estaba realizando un gesto de amor o sobrellevando el peso de su castigo, avanzaba sin darse cuenta siquiera de que se abría paso entre los escombros. La muchedumbre, aterrada hasta entonces, se abrió y volvió a cerrarse a su alrededor, con sus mil voces recobradas.

–¡Atrás! ¡Apartaos!

Era la voz de Komako la que oía Shimamura.

–¡Se volverá loca! ¡Loca! ¡Loca! –oyó, tras el grito de Komako.

Pero cuando quiso avanzar hacia la voz casi delirante, los hombres que se habían precipitado para quitarle de los brazos a la inerte Yoko, los hombres que se apretujaban alrededor de ella, lo rechazaron con tal fuerza que a punto estuvo de perder el equilibrio, y vaciló. Dio un paso para recuperarlo, y, en el mismo instante en que se inclinaba hacia atrás, la Vía Láctea, con una especie de rugido horrísono, se vertió en él.

Yasunari Kawabata

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