“País de nieve”. Yasunari Kawabata. (1935-1948).

Shimamura tuvo un sobresalto al verla ataviada con el quimono largo. ¿Se habría convertido finalmente en una geisha? La muchacha no avanzó ni un solo paso hacia él, ni dio muestras de haberlo reconocido. Su silueta inmóvil y silenciosa sugería a Shimamura una especie de gravedad concentrada. Se acercó a ella rápidamente sin decir palabra. la muchacha esbozó una sonrisa y volvió hacia él su rostro, cubierto, al estilo de las geishas, por una espesa capa de polvos que casi inmediatamente mojaron las lágrimas. Y, sin despegar los labios, ambos se dirigieron al cuarto de Shimamura.

Kawabata

La joven no lucía el quimono de cola y, sin embargo, había algo en su atavío que sugería el de una geisha. Llevaba muy correctamente, un quimono de verano, sin forro, pero el obi que lucía se le antojó a Shimamura demasiado suntuoso para armonizar con el quimono; hasta quizá le confiriera cierto matiz de tristeza…

La muchacha había hablado sin entusiasmo, con la cabeza baja y los ojos fijos en el suelo. El verde umbrío de los cedros parecía deslizarse por su nuca.

En aquel apacible silencio, la canción del torrente, más abajo, sobre su lecho pedregoso, llegaba hasta ellos como una música aterciopelada. Más allá, sobre el flanco rígido de la montaña, cuya ladera veían ascender entre las ramas de los cedros, las sombras se adueñaban poco a poco de las hondonadas.

Su naricilla delicada y un tanto aguileña, y aquella expresión de orfandad que aparecía impresa en su rostro, provocaban en quien la miraba un asomo de melancolía, borrado inmediatamente por la flor de sus labios, que tan pronto aparecían como un capullo por abrir, como se relajaban en un movimiento cálido que tenía una gracia de vida animal y golosa. Hasta cuando no hablaba, sus labios vivían y parecían moverse por sí mismos. De haber aparecido cortados por el frío, o solo con que el carmín de su colorido hubiese sido menos intenso, aquellos labios habrían resultado mórbidos; pero su color tenía todo el terciopelo de la suavidad y el esplendor de la salud. La línea de sus pestañas, ni curvada hacia abajo i excesivamente levantada, cortaba sus párpados con un trazo tan recto que hubiese resultado chocante, casi cómico, de no haber aparecido delicadamente contenida y casi envuelta en la seda breve y dura de sus cejas. El volumen de su rostro, un poco aguileño y muy redondeado, nada tenía de notable en sí mismo. Pero con su tez de porcelana exquisitamente teñida de rosa, con su pecho virginal y sus hombros juveniles, en los que se adivinaba una próxima plenitud, la joven provocaba una impresión tan pura de lozanía que le prestaba todo el encanto de la belleza, aun cuando no pudiera decirse de manera absoluta que fuese una beldad. Para ser una mujer generalmente ataviada con el ancho obi que lucen las geishas, la joven tenía un busto bastante desarrollado.

–¡Ya están aquí los mosquitos! –observó la muchacha, dando una palmada alos bajos de su quimono para ahuyentarlos.

Perdidos en la quietud profunda de aquel paraje, apenas sabían qué decirse.

Yasunari Kawabata

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