Dos últimas páginas y fin de “El señor Nakano y las mujeres”, de Hiromi Kawakami.

Como sólo había dos sillas, traje una plegable y una silla antigua que estaba en venta. El señor Nakano descorchó una botella de vino y lo sirvió en tazones.

–Llevaba mucho tiempo sin beber alcohol –dijo Takeo.

–¿Por culpa de las fechas de entrega –le pregunto Masayo en tono burlón.

–Es que acabo de entrar en la empresa y soy el último mono –se justificó él, rascándose la cabeza de nuevo.

Nos acabamos la botella entre los cuatro, a palo seco.

–Nunca había bebido vino en la Prendería Nakano –comentó Takeo, con las mejillas sonrosadas.

El señor Nakano descorchó la segunda botella.

–Pues esto es vino, ¡y del bueno! –fanfarroneó.

Masayo revolvió en su bolso, sacó una bolsa de galletitas saladas hechas añicos y vertió el contenido en un plato de cartón.

La segunda botella desapareció enseguida.

El señor Nakano fue el primero en rendirse. Cayó desplomado encima de la mesa y empezó a roncar. Al cabo de un rato, Masayo también se quedó dormida. Takeo bostezaba de vez en cuando.

–¿Entregaste el proyecto a tiempo? –le pregunté, y él movió la cabeza de arriba a abajo–. Cuántos recuerdos me trae la Prendería Nakano –comenté. Takeo volvió a asentir–. ¿Te ha ido todo bien desde entonces? – quise saber, y él asintió de nuevo–. Estamos los cuatro juntos, como antes –añadí. En vez de mover la cabeza, Takeo abrió la boca, pero no dijo nada.

Estuvimos un rato sin hablar.

–Lo siento –dijo entonces en voz baja.

–¿Por?

–Me porté muy mal contigo. Lo siento –repitió, cabizbajo.

–No. Fui yo quien se portó como una cría.

–Yo también.

Ambos estuvimos cabizbajos durante un rato.

Quizá debido a los efectos del alcohol, tenía las emociones a flor de piel. Rompí a llorar en silencio, con la cabeza gacha. Una vez hube empezado, las lágrimas fluyeron sin parar.

–Perdóname –insistió él.

–Estaba muy triste –le respondí. Él me rodeó los hombros con el brazo y me estrechó suavemente.

El señor Nakano permaneció inmóvil. Miré a Masayo y las sorprendí espiándonos con los párpados entreabiertos. Cuando nuestras miradas se cruzaron, cerró los ojos precipitadamente y fingió que seguía durmiendo.

–Masayo –la llamé. Entonces ella abrió los ojos y me sacó la lengua. Takeo se apartó de mí lentamente.

–No te detengas, abrázala –le dijo Masayo, farfullando por culpa del alcohol y empujando a Takeo con el dedo –. Abrázala –repitió.

El señor Nakano también se despertó súbitamente y se unió a las súplicas de su hermana. Vacié de un trago mi tazón, en el que todavía quedaba un poco de vino. Nos quedamos mirando y nos echamos a reír los cuatro a la vez. El vino me subió de nuevo a la cabeza y me sentí ligera como una pluma. Miré a Takeo, que me devolvió la mirada.

–La Prendería Nakano ya no existe –dije, y los demás asintieron.

–Pero la Prendería Nakano es inmortal –murmuró el señor Nakano, incorporándose. Como si fuera una señal, empezamos a hablar los cuatro a la vez y no había forma de saber quién había dicho qué. pronto ni siquiera supimos de qué estábamos hablando, y entonces miré a Takeo otra vez. Él me estaba mirando sin decir nada.

“Por primera vez me he enamorado de Takeo de verdad”, pensé en un rincón de mi cerebro.

La botella de vino recién descorchada chocó con el borde de mi taza, que tintineó nítidamente.

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