Todo fluye. Vasili Grossman (2).

Y ahí estoy, acostado en la litera, medio muerto, y siento que en mí sólo queda viva mi fe: la historia de los hombres es la historia de la libertad, de la más pequeña a la más grande; la historia de toda la vida, desde la ameba hasta el género humano, es la historia de la libertad, es el paso de una libertad menor a una libertad mayor; que la vida en sí misma es libertad. Es fe me da fuerzas, palpo la preciosa, espléndida, luminosa idea escondida en mis andrajos carceleros: “Todo lo que es inhumano es absurdo e inútil”.

Y Alekséi Samóilovich me escucha a mí, medio muerto, y me dice:

–La tuya es una mentira confortante, la historia de la vida no es más que una historia de invencible violencia, eterna e indestructible, que se transforma pero no desaparece ni disminuye. La palabra “historia” es una invención de los hombres: la historia no existe, la historia es como moler agua en un mortero, el hombre no evoluciona de lo ínfimo a lo supremo, el hombre está inmóvil como un bloque de granito; su bondad, su inteligencia, su libertad son inamovibles; lo humano no crece en el hombre. ¿Qué clase de historia es la del hombre su si bondad no puede crecer?

Vasili Grossman

El mar es eterno, y aquella eterna libertad suya a Iván Grigórievich se le antojaba bastante similar a la indiferencia. Al mar le daba lo mismo Iván Grigórievich cuando la vida de éste transcurría mucho más allá del círculo polar, y a su retumbante y revoltosa libertad le daría exactamente lo mismo el día que él dejara de vivir. Y pensó: “Esto no es la libertad, es un simple espacio astronómico que ha venido a la Tierra, un fragmento de eternidad, móvil e indiferente”.

vasili_grossman

Un viejo abjasio, vestido con una camisa negra de satén ceñida con u cinturón fino de piel, pasó por la calle en dirección al mercado, llevando una cesta de castañas.

Tal ves de niño Iván Grigórievich hubiese comprado higos y castañas a ese viejo de cabellos blancos, inmutable, atemporal. Y había el mismo viento matinal del sur, entre fresco y cálido, que olía a mar, y el cielo de la montaña, y el olor casero del ajo y de las rosas. Había las mismas casitas con los postigos cerrados, con las cortinas bajadas. Y había los mismos niños de cuarenta años atrás, niños que no habían crecido, y había los mismos viejos, viejos que no se habían ido a la tumba, que dormían detrás de los postigos cerrados.

Vasili Grossman

Vio los matorrales, los lúpulos. Ni casa, ni pozo: sólo algunas piedras blancas, dispersas en medio de la hierba polvorienta, quemada por el sol.

Permaneció allí, de pie: canoso, encorvado y aun así el mismo de antes, inalterable.

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