Todo fluye. Vasili Grossman.

Dulce Mashenka… Ahora ya no lleva sus medias finas ni su jersey de lana azul marino. Es difícil mantenerse limpio en un vagón de mercancías: escucha, aguzando el oído a la extraña lengua –se diría que no es ruso– que hablan sus vecinas de litera, las ladronas. Mira con espanto a la reina del convoy: una histérica de labios pálidos, amante de un famoso ladrón de Rostov.

Masha ha lavado el pañuelo en su jarra y con el resto del agua se ha fregado las plantas de los pies. Se extiende el pañuelo sobre las rodillas para secarlo y mira atentamente la penumbra.

Los últimos meses se confunden en una niebla: el llanto de Yulka por haberse indigestado en su tercer cumpleaños, las caras de los agentes que efectuaron el registro en su habitación, la ropa, los dibujos, las muñecas, los platos esparcidos por el suelo, el ficus –regalo de boda de su madre–arrancado de la maceta y tirado en el suelo, la última sonrisa del marido en el umbral de la habitación, una sonrisa lastimosa, que implora fidelidad: al acordarse de aquella sonrisa gritaba, se cogía la cabeza; después de las semanas de locura en las que todo seguía como antes, pero al lado de la cacerola donde cocinaba las gachas para Yulka estaba el gélido terror de la Lubianka; las colas en la sala de espera en la prisión interna, la voz de la ventanilla: “No se permiten paquetes”, las carreras de casa de un pariente a otro, las direcciones de las personas queridas aprendidas de memoria, la venta apresurada y torpe del armario de espejo y los libros publicados por la Academia, el dolor porque una amiga íntima la había dejado de llamar; y de nuevo los visitantes nocturnos, el registro hasta el amanecer, la despedida de Yulka a la que con toda seguridad no habían entregado a la abuela sino en un centro de acogida; la celda de la prisión de Butirki, donde hablaban en susurros, donde las cerillas y las espinas de pescado que sacaban de la sopa servían como agujas de coser; el abigarrado centelleo de decenas de pañuelos, bragas y sostenes que las detenidas secaban agitándolos en el aire; el interrogatorio nocturno: y fue aquí donde por primera vez en su vida le levantaron el puño, la tutearon, la llamaron ramera, prostituta. La acusaron por no haber denunciado al marido, a quien habían condenado a diez años sin derecho a correspondencia por omisión de denuncia por actos terroristas.

Masha no comprendía por qué ella, y decenas de otras como ella, debían denunciar a sus maridos, por qué Andréi, y cientos de otros como él, debían denunciar a los compañeros de trabajo, a los amigos de la infancia. El juez instructor la había convocado una sola vez. Luego habían transcurrido ocho meses de cárcel: día y noche, noche y día. La desesperación se había transformado en una espera embotada del destino, y de repente, como una ola marina, la embestía la esperanza, el convencimiento de un pronto reencuentro con su marido y su hija.

Al final, un celador le entregó una hoja pequeña de papel de fumar donde leyó: 58-6-12 (Artículo 58, párrafo 6, cláusula 12 del Código Penal: “Traición a la patria” N del T).

Pero ni siquiera después dejó de tener esperanzas: revocarían la sentencia, el marido sería absuelto, Yulia estaría en casa, y volverían a encontrarse para no separarse ya nunca más. Y ante la idea de ese encuentro la inundaban olas cálidas y frías de felicidad.

Una noche la despertaron: “¡Liubímova, recoja sus cosas!”. La subieron a un cuervo, (Furgones policiales negros destinados al transporte de detenidos. N del T), y sin ni siquiera pasar por la prisión de tránsito de Krásnaya Presnia, la llevaron a la estación ferroviaria de Yaroslavl y la cargaron en un convoy.

Un recuerdo vívido le volvía una y otra vez a la memoria: la mañana después del arresto de su marido, como si aquella mañana no hubiese aún acabado. La puerta principal del edificio se había cerrado bruscamente, había oído el ruido de un motor y todo quedó sumido en el silencio. El terror irrumpió en su alma. Sonó el teléfono en el pasillo, el ascensor se detuvo de repente en el descansillo de la escalera, delante de su puerta, una vecina salió chancleteando de la cocina, después el chancleteo cesó de golpe.

Limpió con un trapo los libros tirados en el suelo y los volvió a colocar en la estantería, recogió la ropa desparramada por el suelo e hizo con ella un ovillo, quería hervirla, todo lo que estaba dentro de la habitación le parecía sucio. Metió el ficus en la maceta y acarició sus hojas. Andréis se reía de aquella planta, decía que era un símbolo pequeñoburgués y ella, en el fondo, pensaba lo mismo que él. pero Masha no le permitía que ofendiera a aquel ficus, nunca le había dejado que lo pusiera en la cocina: le daba pena por su pobre madre. Era tan vieja, ahora, su madre, y se lo había llevado como regalo atravesando todo Moscú, cargando con él hasta el cuarto piso porque el ascensor estaba averiado.

¡Todo estaba en silencio! Sin embargo, los vecinos no dormían. La comparecían, pero le tenían miedo, y se sentían colmados de felicidad porque no habían ido a por ellos con una orden de registro y arresto. Yulenka dormía, y ella ordenaba la habitación. No solía esmerarse tanto con la limpieza. En general era indiferente a las cosas; las lámparas de araña y las hermosas vajillas nunca le habían interesado. Algunas personas la consideraban una mala ama de casa, una mujer descuidada. pero a Andréis le gustaba la indiferencia de Masha hacia las cosas y el desorden de la habitación. Ahora, no obstante, le parecía que si cada cosa estaba en su lugar se sentiría mejor, más tranquila.

Se miró en el espejo, luego recorrió con la mirada la habitación que acababa de arreglar. Los viajes de Gulliver estaban allí, en la estantería donde se encontraban ayer, antes del registro; el ficus había vuelto a la mesita. Y Yulia, que hasta las cuatro de la madrugada había llorado agarrada a su madre, ahora dormía. El pasillo estaba en silencio, los vecinos todavía no hacían ruido en la cocina.

En su habitación concienzudamente ordenada, Mashenka se hundió en una desesperación lacerante. La ternura y el amor por Andréi la iluminaron, y al instante, en el silencio de la casa, rodeada de objetos familiares, sintió como nunca antes una fuerza despiadada, capaz de inclinar el eje de la Tierra: aquella fuerza se había apoderado de ella, de Yulka, de la pequeña habitación de la cual solía decir:

–No necesito veinte metros cuadrados con un balcón porque aquí soy feliz.

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Una respuesta a Todo fluye. Vasili Grossman.

  1. Inigo Jones dijo:

    Panta rei.

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