“Ciudad abierta” Teju Cole (3)

Esperé el autobús frente a la elaborada obra de hierro de la fachada del Museo de Instrumentos Musicales, y el autobús llegó casi lleno. En el interior hacía calor y estaba húmedo, y a todo el mundo le costaba respirar. Atravesamos la ciudad en esa bruma interior, mirando dificultosamente las calles ventosas. Me bajé en Flagey. Tiré el paraguas, que entonces ya no servía de nada. Al llegar a la rue Philippe me encontré andando detrás de una mujer que empujaba un carrito de bebé. Avanzábamos en fila india entre los edificios y unas vallas provisionales, chatos y robustos paneles de plástico anclados en bloques de cemento para aislar una obra en construcción. Una ráfaga repentina levantó los paneles, que estaban atados entre sí, y los inclinó hacia nosotros. Inmediatamente salté para impedir con las manos y el cuerpo que cayeran. Aunque me tambaleé, no perdí el equilibrio. La mujer, que era joven, de aspecto mediterráneo y llevaba vaqueros muy ceñidos, atinó a desviar el carrito fuera de peligro. Yo no llegué a ver al niño, que estaba abrigado y resguardado de la lluvia bajo un dosel de plástico transparente. Jadeando, la joven madre me agradeció una y otra vez. Parecía atónita por lo rápido que había pasado todo. Yo hice un además de restarle importancia, orgulloso.

El bramido furioso del viento no cejaba. Cien años antes la callejuela por la que andábamos había sido no una calle sino un arroyo. Los planificadores de la ciudad lo habían cubierto y de pronto las casas de la orilla se habían encontrado mirando al tráfico. pero el agua había seguido corriendo bajo el suelo, en toda la extensión de la calle, y ahora volvía en forma de lluvia: denso aguacero arriba y agua que fluía debajo.

Salvar un bebé por instinto, un poco de felicidad; pasar un rato con ruandeses, los que habían sobrevivido, un poco de tristeza; la idea de nuestro anonimato último, un poco más de tristeza; deseo sexual colmado sin complicaciones, un poco más de felicidad; y así, sucesivamente, un pensamiento se encadenaba con otro. Qué pequeña me parecía la condición humana, sujeta a esa lucha constante por modular el medio interno, a ese incontrolado movimiento de nube. Como era de prever, la mente también apuntó este juicio y le asignó un lugar: un poco de tristeza. El agua que fluyera una vez por esa calle había desembocado en un estanque en pleno Flagey, un estanque suprimido más tarde para crear una isla peatonal, eco de la creación de la tierra en los mitos más antiguos, de la partición de las aguas.

Había caído la noche. Entré en el apartamento, me quité la ropa y me acosté desnudo en la habitación a oscuras. Gruesas gotas golpeaban la ventana. El pronóstico había acertado: desde donde yo estaba, la lluvia azotaba la tierra en círculos cada vez más amplios. Caía espesamente sobre el barrio portugués, el altar de Pessoa y Casa Botelho. Caís sobre el locutorio de Khalil, donde acaso Faruk acababa de empezar su turno. Caía sobre la cabeza de bronce de Leopoldo II, sobre la de Claudel, sobre las losas del Palacio Real. La lluvia no paraba de caer sobre el campo de batalla de Waterloo en las afueras de la ciudad, sobre el Túmulo del León, las Ardenas, los valles implacables llenos de envejecidos huesos de jóvenes, sobre las conservadas ciudades del oeste, sobre Ypres y las acurrucadas cruces blancas que moteaban los campos de Flandes, el turbulento canal, la imposible frialdad del mar del Norte, sobre Dinamarca, Francia y Alemania.

 

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