“Ciudad abierta” Teju Cole (2)

 

Fue el verano anterior, el día que fuimos de excursión a Queens con una organización de la iglesia de Nadège llamada los Acogedores, cuando vi por primera vez el vínculo entre ella y una chica a la que yo había conocido tiempo atrás. Como esa chica había estado más de veinticinco años oculta en mi memoria, recordarla de pronto y vincularla enseguida con Nadège fue una sacudida. Inconscientemente yo debía de llevar varios días rondando la idea, pero ver el vínculo resolvió el problema. A Nadège nunca le hablé de la otra chica, cuyo nombre había olvidado, cuya cara se había desdibujado en mi memoria, y de la que sólo conservaba la imagen de un renqueo. No había nada de engaño en eso: todos los amantes viven del conocimiento parcial.

El problema de la muchacha era mucho peor que el de Nadège. La polio le había dejado el pie izquierdo como un muñón retorcido que arrastraba al andar. Siempre llevaba en el brazo izquierdo la muleta articulada de acero que usaba como apoyo. Cada vez que la miraba cruzar el terreno de mi escuela yo temía que los chicos se burlase: ése era mi instinto primario, un instinto galante, protector. Estábamos en la misma clase, pero ahora casi no recuerdo qué dijimos las tres o cuatro veces que nos hablamos. A mí me gustaba su capacidad de estar a gusto consigo mismo y que, una vez se sentaba, no se diferenciase de los otros niños, y que, de hecho, hubiera en ella una brillantez fuera de lo corriente. de haberse quedado, podría haber sido la mejor de la clase, pero los padres la llevaron a otro colegio. Después de aquellas primeras dos semanas no volví a verla nunca. Y sólo cuando Nadège bajó del autobús el día de la excursión de los Acogedores vi la semejanza, un eco que era como el eco de Elías en Juan el Bautista, dos individuos distantes en el tiempo vibrando en una frecuencia singular, sólo entonces recordé que cuando esa chica y yo teníamos ocho o nueve años yo había imaginado una vida futura con ella, por primera vez en mi vida había pensado algo así, y por supuesto sin la menor idea de lo que podía suponer.

Fue entonces cuando advertí el andar irregular de Nadège. En cierto sentido era la primera vez que la veía realmente: la luz declinante de la tarde, el paisaje ruin de alambradas y cemento agrietado, el autobús como un animal descansando, el modo en que ella movía el cuerpo compensando una malformación.

Pero esta vez me detuve y, mirando el interior iluminado, los espejos y las copetudas butacas tapizadas de vinilo, pensé en una peluquería desierta. Un negro de edad en quien no había reparado se puso en pie, hizo un además de saludo y dijo: Entre, entre usted, que se los voy a dejar relucientes. Negué con la cabeza y alcé una mano para declinar la invitación pero, como no quería decepcionarlo, cedí. Entré, subí a uno de los taburetes de apoyo del fondo de la tienda y me senté en el bufonesco trono rojo. El aire olía a una mezcla de limón y trementina. El hombre tenía el pelo blanco y crespo, lo mismo que las patillas, y llevaba un delantal sucio a rayas azules y blancas. Costaba imaginar la edad: ya no era joven pero sí enérgico. Un betunero, no un limpiabotas: el término antiguo le caía mejor. Dijo: Usted tranquilo, yo se los voy a dejar más negros que la noche. Y por primera vez, con esa peculiar sensación de metamorfosis que uno experimenta cuando al despertarse de una siesta descubre que se ha puesto el sol, capté un tenue vestigio de francés caribeño en su clara, serena voz de barítono. Me llamo Pierre, dijo. Tras colocarme los pies en un par de pedestales de latón y doblarme las bocamangas de los pantalones, untó un trapo en una lata de pomada y se puso a lustrar el desvaído color de mis zapatos. A través del cuero suave del empeine sentí la presión de aquellos dedos firmes.

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