Ciudad abierta. Teju Cole (1)

Cuando salí del Presbiterio de Columbia el sol se estaba poniendo y daba al cielo un aspecto metálico. Bajé en el metro hasta la calle 125 y camino a mi barrio, sintiéndome mucho menos rendido que la mayoría de los lunes, me desvié para dar un paseo por Harlem. Vi la actividad vivaz de los vendedores callejeros: ropas senegalesas, DVD piratas, puestos de la Nación Islámica. Había libros autoeditados, dashikis, carteles por la liberación de los negros, haces de incienso, frasquitos de perfume y de aceite de esencias, djembes, y pequeños tchotchkes africanos para turistas. En uno se exponían fotos ampliadas de linchamientos de afroamericanos a comienzos del siglo XX. A la vuelta de la esquina de la avenida St. Nicholas los choferes de coches de alquiler de lujo, a la espera de algún viaje fuera de horario, se reunían a fumar cigarrillos y charlar. Algunos jóvenes vestidos con sudadera con capucha, ciudadanos de una economía informal, hacían circular mensajes y sobrecitos de plástico montando una coreografía opaca para todos salvo para ellos. Un viejo de rostro ceniciento y bulbosos ojos amarillentos me saludó alzando la cabeza al pasar, y yo (que por un momento pensé que debía conocerlo, o que lo había conocido algún día, o que lo había visto antes, aunque luego descarté rápidamente estas ideas una a una, y al fin temí que la velocidad de las disociaciones mentales pudiera hacerme tropezar), le devolví el silencioso saludo. Me volví para ver cómo su cogulla negra se fundía con un umbral en sombras. En la noche de Harlem no hay blancos.

Pero la atrocidad no es nada nuevo, ni para los humanos ni para los animales. La única diferencia estriba en que hoy está incomparablemente bien organizada; se lleva a cabo mediante corrales, trenes de carga, libros de asiento, alambre de espino, campos de trabajo, gas. Y la última aportación, la ausencia de cuerpos. El día en que el segundero de Estados Unidos se detuvo no hubo cuerpos visibles salvo los que caían. Aunque alrededor de la costa herida de nuestra ciudad medraron historias comerciales de todo tipo, se prohibió la representación visual de los cadáveres. Avancé por el corral con los empleados.

No era la primera vez que se borraba el solar. Antes de que se construyeran las torres, esa parte de la ciudad había estado atravesada por una bulliciosa red de callecitas. Robinson Street, Laurens Street, College Place: en los años sesenta todas habían sido obliteradas para hacer lugar a los edificios del World Trade Center y ahora nadie las recordaba. También había desaparecido el viejo mercado de Washington, los muelles activos, las pescaderas, el enclave de cristianos sirios que se habían establecido allí a fines del siglo XIX. Se había empujado a sirios, libaneses y otras gentes de Levante al otro lado del río, a Brooklyn, donde habían arraigado en Atlantic Avenue y Brooklyn Heights. Y antes, ¿qué? ¿Qué sendas de los lenapes había enterradas bajo los escombros? El solar era un palimpsesto, como la ciudad toda: escrito, borrado, reescrito. Allí había habido comunidades antes aun de que Colón izara las velas, antes de que Verrazano anclara sus naves en los estrechos o Estêvao Gómez, portugués mercader de esclavos negros, remontara la corriente del Hudson; allí habían vivido seres humanos, construido casas y peleado con los vecinos mucho antes de que los holandeses viesen en las magníficas pieles y la madera de la isla y su tranquila bahía una oportunidad para hacer negocios. Generaciones enteras se precipitaron por el ojo de la aguja y yo, parte de la multitud todavía legible, entré en el metro. Quería encontrar la línea que me conectara con mi propia parte de esas historias. En algún lugar al borde del agua, agarrado a lo que sabía de la vida, con un chasquido agudo, había vuelto a asomar el niño.

 

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