“El premio del señor Pound”

La luz dibujaba en su cabeza un contorno afilado y abrupto. Su pelo blanco, dividido en dos partes iguales sobre la frente arrugada, era largo y se separaba del cráneo, escapando hacia la luz, como si una extraña electricidad lo mantuviera tieso y fosco. Estaba sentado y sujetaba con fuerza las gafas. Sus ojos pequeños, ligeramente cercanos a la nariz, me miraban con astucia y desconfianza. La primera vez que lo vi, me recibió sentado en una butaca con un jersey de cuello alto y una chaqueta negra. La estancia no era demasiado grande y disponía de una ventana al jardín.

–¿Su nombre?

–Peter, Peter Johnson, señor Pound.

–¿Ha leído “Costa vasca”, señor Peters?– preguntó, arrogante, mientras dejaba mi pequeña maleta sobre una silla.

–Johnson, Peter Johnson, señor Pound. Y no, no he leído esa novela. ¿Me la recomienda?

–¡No es una novela, maldita sea! ¿Ha leído algo de Truman Capote? ¿”A sangre fría”, “El arpa de hierba”? ¿Sabrá quién es Truman Capote, al menos?

–Claro que lo conozco, señor Pound. Pero no se altere. Capote… déjeme pensar, ¡“Desayuno en Tiffany´s”! Ésa sí la he leído– contesté, recordando el enorme collar de perlas de Audrey Herburn, vestida de negro en la quinta avenida.

–¿Le gustó?– Había cambiado el tono. La ira que le dominaba desde que había entrado en la habitación se transformó en curiosidad. Su mirada se redondeó cuando deshizo la herida de sus ojos– ¿Le pareció bueno ese cabrón extravagante?

–Veo que a usted no, señor Pound. ¿Se disgustaría si le contradigo?

–No­– respondió tajante. Se levantó del sillón y se dirigió a la ventana con la mirada vaga, recuperándose de la agitación con que me había recibido. Me dio la espalda –¿Por qué me iba a contrariar? Él era quien me envidiaba. Sólo lamento que no esté aquí para verme ahora. Si no hubiera bebido tanto… ¡Estúpido!

–¿A qué se refiere?

–Al Nobel, por supuesto. ¿De qué voy a hablar? ¿No ha venido usted por eso?– Su débil figura se giró para mirarme. El pelo alborotado a contraluz formaba un aura en torno a su enjuta cabeza– ¿Dónde he dejado las gafas? No le veo bien.

–Sobre la mesa del ordenador, señor Pound. Y sí, claro que he venido por esa razón. Le agradezco que me haya dado esta cita. Estará muy atareado preparando su discurso…

–Bobadas. Siéntese, señor Johnson, por favor. Cuando quiera comience la entrevista.

–Supongo que le habrán anunciado que no es exactamente una entrevista. En realidad asistiré a esta hora todos los días de la semana. Me gustaría que me contara su vida, señor Pound, cómo la juzga a la luz del premio Nóbel. Grabaré todo lo que diga si usted me da su permiso. Así podré estar más atento mientras habla… y usted más relajado.

–Está bien, está bien. No me importa. Pero en algún momento me permitirá que acabe de corregir el discurso que he preparado para la ceremonia de entrega del premio.

–¡Cómo no! Será un honor para mí asistir a ese momento.

El anciano descansó la cabeza sobre el sofá. La luz había girado como lo hacía el mundo, y ahora toda su cara quedaba en sombra. Tan sólo su mano huesuda, que asía con fuerza las gafas, quedaba iluminada por los últimos rayos tamizados de aquella mañana de otoño. Encendí una pequeña grabadora en la que él no reparó, pues había cerrado los ojos. Mantenía el gesto adusto y desabrido, como si recordar le doliera.

“Quiere que hable de mí. No le preguntaré si ha leído mis novelas. Supongo que lo habrá hecho. Es normal que no haya leído esas locas historias de Capote. Él nunca estuvo a mi altura. Me envidiaba, ¿sabe?”.

“¿Por dónde podría empezar? Le hablaré de la primera vez que cogí un libro. En aquella época leer no era sencillo. Para hacerlo tuve que esperar a que la aviación inglesa bombardeara Berlín. Los días comenzaban temprano, antes de que amaneciera. El ruido incesante de los bombarderos no nos dejaba dormir. Las sirenas se turnaban en el cielo de la ciudad. Mis amigos y yo íbamos a los barrios donde ya habían caído las bombas; entrábamos a las casas derruidas para buscar comida entre los escombros. Niños-buitre. Nunca he sufrido de hambre, así que yo me entretenía mirando los cuadros de las casas y las fotografías tristes en blanco y negro que los propietarios de las viviendas no habían tenido tiempo de recoger. Les quitaba el polvo con la manga de la chaqueta y guardaba las que más me gustaban. Imaginaba que toda aquella gente había muerto, los que aparecían en las fotografías, los dueños de las viviendas, y que llevarme sus imágenes era una forma de guardar su memoria. Cuando salimos de una de aquellas casas, me llamó la atención un local al que una bomba había reventado la fachada. La persiana estaba deshecha, enrollada en el suelo, y un montón incontable de libros se desparramaba por el suelo. Abiertos, como si el viento los quisiera leer. Dentro del local, algunas estanterías habían volcado y el polvo cubría todo aquel desorden como una gruesa y delicada sábana. Entré. Mis amigos me llamaban para continuar el saqueo. Cogí un libro al azar. “Paralelo 42”, de Dos Passos… ¿ha leído usted a…? Déjelo, qué más da. “…barridos por el siseo serpenteante de las sábanas de lluvia, los trigales cobraron un color de cinc”. Aún lo recuerdo: siseo serpenteante, señor Johnson, ¿lo escucha? Sábanas de lluvia. Fue la primera novela que leí. Me llevé el libro a casa; en realidad llevé muchos, para disgusto de mi madre que se empeñaba en tirarlos. Un día, cuando volvía cargado de más libros, vi a mis padres subidos en un camión. Nuestra casa no existía. Las llamas salían por las ventanas de la planta baja y una horrible cortina de humo negro se elevaba al cielo llevándose toda nuestra vida. En el camión había más personas, todos con una estrella en la ropa. Al principio pensé que los soldados escoltaban a mis padres y a los demás. Cuando dos de ellos empezaron a cortar el pelo a una mujer, me di cuenta de mi error”.

Calló y levantó la cabeza. Sus ojos ensoñaban un tiempo lejano. Su cabeza quijotesca, con barba de perilla afilada, bigote de puntas levemente alzadas, y nariz prominente de viejo parco y enjuto, se mantuvo erguida.

“¿Sabe lo que es el terror? Mi hermano menor apareció corriendo al final de la calle. Llamaba llorando a mis padres. Pasó junto a mí sin reconocerme. Se dirigía al camión.  Mi madre le gritaba que se alejara, que fuera a mi lado. Antes de que  yo pudiera reaccionar, un soldado lo subió al camión que arrancaba. Sosteniendo los libros, vi por última vez a mi familia. Iban abrazados, mientras yo lo hacía con mis libros, sin hablar, sin llorar, no fuera que me reconocieran”.

“El terror, señor Johnson, es no hacer nada”.

El anciano se levantó para disimular su emoción. Llegó al ordenador y me pidió que le permitiera leer y corregir algunos párrafos de su discurso. Pasaron unos minutos mientras susurraba frases para mí ininteligibles. De vez en cuando tecleaba nerviosas correcciones que le obligaban a releer el texto. Con las gafas puestas sus ojos eran más grandes. No apagué la grabadora: sabía que el anciano estaba descansando.

–Fue en aquel momento cuando decidí dedicar mi vida a la literatura. Me quedé solo con los libros, me refugié en ellos, en su realidad amable en la que no hace daño vivir. Aquella ciudad se desmoronó bomba a bomba y un día llegó el final de la guerra. Viajé a los Estados Unidos y me instalé en Chicago. Allí fue donde escribí la mayor parte de mis libros. Tuve un perro. ¿Ha pensado alguna vez que los perros también tienen ardor de estómago?– Fue a la librería y de una balda retiró un libro, de donde sacó una cajetilla de tabaco y una caja de cerillas– ¿Le molesta que fume?

–No creo que le convenga, señor Pound.

–¿Cree que me importa? Levante la ventana, por favor. No me dejan fumar– Encendió el cigarrillo con manos temblorosas. Arrojó la cerilla por la ventana y meneó el brazo para esparcir el humo que había dejado la primera bocanada.

–¿Quiere hablar del premio, señor Pound?

–Si ellos lo hubieran podido ver se habrían muerto de envidia. Faulkner y Hemingway lo consiguieron. Pero Truman, no– contestó riendo por primera vez.

–¿Los conoció?

–Usted no se ha documentado demasiado, joven ¡Claro que los conocí, a todos ellos!  ¿No ha visto fotografías nuestras en los libros de literatura? Yo no las guardo, pero ellos sí lo hicieron. Estaban orgullosos de ser mis amigos– Golpeaba el cigarro en el borde de la ventana con dedos nerviosos–, … porque eran mis amigos.

–¿Tuvo muchos, señor Pound?– Su figura se recortaba oscura en la ventana. El humo del cigarro se le enredaba en su corona de pelo blanco. El sol iluminaba el porche exterior.

–No es fácil tener amigos, debería saberlo. Se van perdiendo, abandonando a medida que transcurre la vida. Quizás no se tengan nunca, pero en algunos momentos nos hacemos la ilusión de que están allí. Me ha llamado mucha gente para felicitarme por el premio. Usted es el primer periodista que viene, pero llegarán más. ¡Qué tremendo revuelo! La verdad es que estoy cansado, y tengo que corregir el discurso, ¿Lo quiere leer, señor Johnson?

–Claro que sí, señor Pound, pero ¿no prefiere sentarse a descansar un momento? En el porche estaremos bien, ¿utiliza esa mecedora?

No respondió. Se dejó acompañar hasta el exterior. Unas sencillas columnas pareadas proyectaban su sombra en la tarima del porche. Orienté la mecedora en dirección al sol, pero mantuve la zona de la cabeza dentro de la sombra arrojada. Ayudé al anciano a sentarse y a prender otro cigarro. La conversación había terminado por aquel día.

–¿Se va ya, señor Johnson?– preguntó, con los ojos cerrados.

–Mañana volveré sin falta, señor Pound. A la misma hora– dije colocando una pequeña manta sobre sus piernas.

–¿Me haría el favor de apagar el ordenador?

–Claro, señor Pound.

Me fui sin hacer ruido. La silla se mecía dulcemente, arrastrando el cuerpo cansado del anciano. Cuando iba hacia delante, la luz iluminaba su largo pelo rizado. Entré en la habitación, recogí mi maletín y guardé la grabadora. Me aseguré de que la medicación estuviera junto a la mesilla del sofá. La cámara de televisión sobre la puerta permanecía encendida todas las horas del día. Miré el ordenador. Era un viejo aparato inservible que no tenía cable de conexión. Una fisura atravesaba como una cicatriz la pantalla apagada. El teclado, sin las letras Q y R, parecía una dentadura incompleta.

 

 

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