“Paralelo 42” John Dos Passos (2)

Ward se puso los pantalones, observó con desaliento que estaban perdiendo la raya, saltó de la litera, metió los pies en los zapatos pegajosos por obra de un betún de emergencia y recorrió el pasillo, tropezando con gente despeinada que emergía de sus compartimentos, en busca del lavabo de hombres. Tenía los ojos legañosos y necesitaba un baño. El vagón estaba saturado de una fetidez insoportable y el lavabo olía a calzoncillos sucios y crema de afeitar. Vio por la ventana colinas negras espolvoreadas de nieve, hileras de chozas grises e iguales, el lecho de un río mostrando las cicatrices de los socavones, montículos de escoria y la línea púrpura de los árboles bordeando las colinas contra el fondo de un sol sangrante. Después, sobre una de las elevaciones, fulgurante y roja como el sol, la ampolla de fuego de una fundición. Se afeitó, se cepilló los dientes, se lavó la cara y el cuello que pudo y se peinó. Sus mandíbulas y sus pómulos estaban adquiriendo una forma cuadrada que no le disgustaba en absoluto. “Joven y pulcro ejecutivo”, pensó mientras se colocaba el cuello y hacía el nudo de la corbata. Era Annabelle la que le había enseñado la treta de usar una corbata del mismo color de sus ojos. En el instante mismo de recordar ese nombre lo acometió el leve recuerdo táctil de sus labios y el olor de su perfume. Espantó el pensamiento, se puso a silbar, se interrumpió por temor a que los demás lo consideraran un poco raro y fue a pararse a la plataforma. Ahora el sol ya estaba alto, los montes negros y rosados, y los valles azules por el humo de los fuegos encendidos para el desayuno. No se veía otra cosa que casillas, fundiciones, pilas de escoria. De ves en cuando una hilera de chozas o un horno se proyectaban hacia el cielo desde la cumbre de una colina. En los cruces, detrás de las barreras, se apiñaban hombres de rostros tristes y ropas oscuras. El tren recorrió túneles, puentes suspendidos, vías subterráneas. “Pittsburgh”, gritó un camarero. Ward le dio al negro un cuarto de dólar, extrajo la maleta del amasijo de equipajes y remontó el andén con paso firme y enérgico aspirando el aire carbonizado de la estación.

Esa noche, después de haber cenado en una fonda americana, Mac paseó por la Alameda para que se le evaporase el whisky de la cabeza antes de acudir al Mexican Herald a ver si le daban trabajo. Se dijo que, en todo caso, sólo sería por dos semanas, hasta familiarizarse con el país. Los altos árboles de la avenida, las estatuas y las fuentes blancas, las parejas ataviadas que paseaban bajo el alumbrado y los carruajes que bailoteaban sobre los guijarros contagiaban serenidad y no desentonaban con las hileras de indias de ojos de piedra que vendían frutas y nueces y caramelos rosas, amarillos y verdes junto al bordillo.

La madre de Charley Anderson tenía una pensión para trabajadores del ferrocarril cerca de la estación de la Northern Pacific en Fargo, Dakota del Norte. Era una casa de madera con gabletes, toda rodeada de galerías, pintada de color mostaza con un ribete marrón chocolate, y en los fondos siempre había ropa colgada de cables gastados que iban de un palo clavado cerca de la puerta de la cocina hasta una hilera de gallineros destartalados. Mistress Anderson era un mujer de pelo gris, anteojos y hablar cansino; los pensionistas le tenían miedo y cuando querían quejarse de las camas, la comida o los huevos no muy frescos lo hacían ante la contoneante Lizzie Green, norirlandesa de brazos gruesos que ayudaba en la cocina y hacía la limpieza. Cuando alguno de los muchachos volvía borracho, era Lizzie la que bajaba a hacerlo callar, con un sobretodo de hombre sobre el camisón de hilo. Una noche uno de los guardafreneros trató de aprovecharse de Lizzie y recibió tal castañazo en la mandíbula que fue a dar contra el suelo de la galería. Cuando Charley era pequeño, Lizzie se ocupaba de lavarlo y restregarlo; lo hacía llegar a tiempo a la escuela y le ponía árnica en las rodillas cuando se las lastimaba y jabón suave en las ampollas y le remendaba la ropa. Mistress Anderson ya había criado tres hijos que habían crecido y abandonado el hogar antes de que llegara Charley, de modo que no parecía preocuparse mucho por éste. También míster Anderson había desaparecido por la época del nacimiento de Charley; se había marchado al Oeste porque estaba mal de los pulmones y no podía soportar los inviernos húmedos; por lo menos ésa era la explicación que ofrecía mistress Anderson. Ella llevaba las cuentas, ponía en conserva fresas, guisantes, melocotones, judías, tomates, peras, ciruelas y puré de manzana en la estación correspondiente, hacía leer a Charley un capítulo de la Biblia y trabajaba mucho para la iglesia del lugar.

 Oyó que un hombre le decía a otro: “Me parece que viene un tornado”, y cuando subió al tren se asomó a la ventanilla abierta para mirar las descargas eléctricas que se sucedían al noroeste, donde los trigales verdes se topaban con las nubes. En cierto modo tenía ganas de que se desatara un tornado porque nunca había visto ninguno, pero cuando los relámpagos empezaron a descargar sus latigazos en los nubarrones se asustó un poco, aunque el hecho de estar en el tren con el conductor y los demás pasajeros lo tranqulizaba. No fue un tornado, pero sí un diluvio: barridos por el siseo serpenteante de las sábanas de lluvia, los trigales cobraron un color de zinc. Más tarde salió el sol y Charley abrió la ventana y todo olía a primavera y en los abetos y los pinos que rodeaban los pequeños lagos tornasolados cantaban los pájaros.

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