“Paralelo 42” John Dos Passos

En invierno las aceras de ladrillo se cubrían de hielo y había mujeres de color esparciendo ceniza frente a las puertas cuando por la mañana los niños iban a la escuela. Joe se negaba a caminar al lado de los demás porque eran niñas, se quedaba retrasado o se adelantaba a la carrera. A Janey le hubiera gustado caminar con él, pero no podía desprenderse de las hermanitas que se le colgaban de las manos. Un invierno se acostumbraron a hacer el camino de regreso colina arriba con una niñita negra que se llamaba Pearl y vivía enfrente de ellos. Pearl y Janey caminaban juntas. Pearl tenía casi siempre un par de peniques para comprar pastillas o caramelos de plátano en una pequeña tienda de Wisconsin Avenue, y como siempre le daba la mitad Janey la quería mucho. Una tarde le pidió a Pearl que entrara a su casa y jugaron a las muñecas en el jardín, bajo el gran arbusto de rosas de Sharon. Cuando Pearl se fue la voz de Mamá la llamó desde la cocina. Mamá tenía las mangas dobladas en los brazos pálidos y fofos, y un delantal a cuadros, y estaba preparando un pastel para la cena, de modo que el delantal había quedado cubierto de harina.

–Ven aquí, Janey –dijo. Por el tono frío de la voz Janey comprendió que algo andaba mal.

–Sí, mamá –se paró delante de su madre sacudiendo la cabeza de tal modo que los dos rígidos bucles del color de la arena se balancearon de un lado a otro.

–Quédate quiera, nena, por el amor de Dios… Janey, quiero decirte algo. Esa niñita de color que trajiste esta tarde… –El corazón de Janey dio un vuelco. Sintió un mareo y sin saber por qué, se ruborizó–. Bien, no quiero que me malinterpretes; me gusta la gente de color y la respeto; algunas de ellas son personas muy dignas dentro de su situación… Pero no debes volver a traer a casa a esa niñita negra. Una de las cosas que distinguen a los seres de buena educación es el respeto y la amabilidad para con la gente de color… No debes olvidar que la familia de tu madre fue siempre muy distinguida… En aquellos días Georgetown era muy diferente. Vivíamos en una casa inmensa con un parque bellísimo… Pero no debes juntarte con la gente de color en un plano de igualdad. Y el hecho de vivir en este barrio hace que sea aún más necesario recordarlo siempre… Ni los blancos ni los negros respetan a quien lo olvida… Eso es todo, Janey. Veo que comprendes; ahora ve a jugar afuera, pronto será hora de cenar.

Janey intentó hablar pero no pudo. Se quedó rígida en medio del jardín, sobre la reja que cubría el tubo del desagüe, mirando fijamente la cerca negra.

En las noches de verano, cuando los atardeceres se prolongaban después de la cena, jugaban a leones y tigres con otros chicos del barrio entre la hierba crecida de unos descampados que había cerca del cementerio de Oak Hill. En los largos períodos en que había epidemias de sarampión o escarlatina, Mamá no les permitía salir.Entonces Alec iba a visitarlos y jugaban a las esquinitas en el jardín. Eso era lo que más le gustaba a Janey, porque los chicos la trataban como si fuera uno de ellos. El atardecer de verano se derramaba sobre los tres, hirviente y habitado por bichitos fosforescentes. Si Papá estaba de buen humos los mandaba al colmado, colina arriba, a comprar helados; allí, en N Street, había muchachos en mangas de camisa y sombreros de paja paseando con chicas que llevaban un palito de yesca en la cabeza para ahuyentar a los mosquitos, un hedor a sudor y perfume barato que manaba de las familias negras agolpadas en los umbrales hablando y riendo con un destello blanco de los dientes y las órbitas de los ojos. La noche espesa y vaporosa daba miedo, susurraba, rugía con un clamor distante, con polillas, con el estruendo del tráfico de M Street, densa y acechan bajo los árboles; pero cuando Janey estaba con Alec y Joe no le temía a nada, ni siquiera a los borrachos ni a los negros patizambos. Cuando volvían, Papá se ponía a fumar un cigarro y ellos se sentaban en el jardín, donde los devoraban los mosquitos, y Mamá y Tía Francine y los pequeños comían sus helados y Papá mordía su cigarro y les contaba historias de la época en que había sido capitán de un remolcador en el Chesapeake, de cuando era joven y durante una sudestada había salvado la Nancy Q, que se hallaba en Kettlebottoms a punto de hundirse. Después llegaba la hora de irse a la cama y a Alec lo mandaban a su casa y Janey tenía que acostarse en el cuartito sofocante que estaba al fondo del primer piso, con las cunas de sus hermanas menores contra la pared de enfrente. A veces estallaba una tormenta y entonces permanecía despierta, los ojos fijos en el techo y petrificada de terror, escuchando el lloriqueo dormido de sus hermanitas, hasta que oía el sonido tranquilizador  que hacía Mamá al recorrer la casa y cerrar las ventanas, un portazo, el ulular del viento, el repiquetear de la lluvia y el rugido terrible del trueno sobre la casa, como si mil camiones de cerveza cruzaran el puente al mismo tiempo. En momentos así se le ocurría correr al cuarto de Joe y meterse en la cama con él, pero por alguna razón le daba miedo hacerlo, aunque a veces llegaba hasta el pasillo. Él se reiría desde su cama y la llamaría cobarde.

De modo que una tarde de sábado pidió un taxi por el teléfono de la farmacia y se marchó de su casa con su maleta, un baúl y una pila de pinturas enmarcadas. Las pinturas eran en realidad reproducciones de Remington, una muchacha de Gibson, una fotografía del destructor Connecticut en el puerto de Villefranche que le había enviado Joe y un retrato ampliado de su padre, de uniforme y al timón de una nave imaginaria sobre el fondo de un cielo tormentoso, obra de cierto fotógrafo de Norfolk, Virginia. También había dos grabados en color de Maxfield Parrish que había comprado hacía poco y una instantánea de Jor con ropas de béisbol. la pequeña fotografía de Alec la guardó con otras cosas en la maleta. El taxi olía a moho y avanzaba por la calle dando tumbos. Era un día fresco de otoño; las aceras estaban repletas de hojas secas. Janey sentía a un tiempo miedo y entusiasmo, como a punto de emprender un largo viaje.

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