“Arrancad las semillas, fusilad a los niños” de Kenzaburo Oé (y 2)

–El perro está enfermo –dijo Minami con voz ronca– No trates de engañarnos, porque sabemos que ha infectado a la niña.

–¡Todos hemos visto cómo le mordía la muñeca! –dijo otro compañero–. Y eso que ella no le hizo nada. ¡Está loco!

–¡No está loco! –replicó mi hermano con energía. Trataba desesperadamente de proteger al perro–. Leo no está enfermo.

–¿Cómo puedes saberlo? ¿Qué sabes de esa enfermedad? –le preguntó Minami, que no cesaba en su acoso–. ¡Tú tienes la culpa de que haya vuelto la epidemia!

Mi hermano aguantó aquella diatriba con los ojos muy abiertos y los labios temblorosos. Y luego dijo gritando, sin duda a causa de la ansiedad que lo embargaba:

–¡No sé nada de esa epidemia, pero Leo no está enfermo!

–¡Mentiroso! –gritaron varias voces–. ¡Moriremos todos por culpa de tu perro!

Minami salió del corro de acusadores y fue corriendo por la gruesa rama verde de roble que sostenía la olla encima del fuego. Todos retrocedieron instintivamente al verle blandir aquella tranca, y el círculo de abrió.

–¡No! –gritó mi hermano aterrorizado–. ¡Si le pegas, no te lo perdonaré!

Pero Minami avanzó implacable y dio un fuerte silbido. Atraído por él, Leo se escapó de los brazos de mi hermano, que se había agachado apresuradamente para retenerlo. Mi hermano me miró con ojos implorantes, pero ¿qué podía hacer? Leo se quedó inmóvil ante Minami, con la larga lengua colgando. De pronto, aquella lengua me pareció una masa de bacterias que se reproducían a toda velocidad.

–¡I! –gritó mi hermano, pero el aludido no movió un dedo.

La rama descendió, y el perro se desplomó con un ruido sordo. Tenía la cabeza destrozada. Lo miramos en silencio. Temblando por los sollozos, con los dientes apretados y hecho un mar de lágrimas, mi hermano avanzó unos pasos, tambaleándose. Pero fue incapaz de mirar al perro, que agonizaba en el suelo mientras de su cabeza iba manando sangre negruzca que empapaba su pelaje. Abrumado por la ira y la pena, dijo, con voz profundamente conmovida:

–¿Quién de vosotros podía asegurar que Leo estuviera enfermo? ¿Quién? ¡Decídmelo!

Se marchó corriendo, lloroso y con la cabeza gacha. Los demás seguimos con la mirada sus hombros pequeños y temblorosos por los sollozos. Le grité que volviera, pero no me hizo caso. He traicionado a mi hermano, pensé.

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