“Arrancad las semillas, fusilad a los niños” de Kenzaburo Oé (1)

Al amanecer me despertó un frío lacerante, pero cerré los párpados con firmeza. Una inefable sensación de contento agitaba mi pecho, llenaba todo mi ser de una especie de ardiente pasión y me mantenía volcado sobre mí y aislado del exterior. Me preguntaba qué podía ocasionar aquella insólita situación. Pero la somnolencia que obnubilaba mi cabeza y permeaba hasta el último rincón de mi cuerpo me impedía pensar con claridad. Abrí los ojos un poco y me miré los dedos en aquel aire helado, que brillaba con un resplandor que no había tenido ningún amanecer hasta entonces. Las heridas estaban abiertas, suaves y sonrosadas. Recordé que la punta de la lengua de la niña, aguda como la de una paloma, había pasado una y otra vez sobre ellas y las había cubierto de saliva pegajosa. Como una inundación de agua hirviendo, el amor llenó de repente todo mi cuerpo y llegó hasta las lemas de mis dedos. Tras un estremecimiento de satisfacción, volví a doblar los dedos y traté de sumergirme en los restos del sueño. Sin embargo, la exaltación que me había invadido se negaba a calmarse. Desde el exterior me llegó, como el rumor de una tormenta lejana, el griterío de infinidad de pájaros, algo en lo que hasta entonces no había reparado ninguna mañana. Con todo, parecía que un profundo silencio formaba una especie de telón de fondo de todo lo que me rodeaba. Me levanté, quité el tatami que impedía el paso del viento y miré por la rendija.

Fuera el amanecer era de una blancura y una pureza insólitas. La nieve, que brillaba intensamente, cubría la tierra y daba a los árboles el perfil redondeado del lomo de un gran animal. ¡Nieve!, pensé, y solté un profundo suspiro, ¡nieve! En mi vida había visto tanta. Los pájaros cantaban con furia. Pero los demás sonidos quedaban absorbidos por la espesa capa de nieve. Allí sólo se oía el canto de los pájaros y un silencio profundo. Estaba solo en un mundo inmenso, y el amor acababa de nacer en mí. Solté una exclamación de placer y me balanceé adelante y atrás. Luego, como un gigante alegre, hinqué una rodilla en tierra, me mordí los labios y, con lágrimas en los ojos, contemplé el paisaje nevado. No podía permanecer callado, así que me levanté, me volví y llamé excitado a mi hermano, que dormía profundamente.

 

Pero ninguno de nosotros se pasó la tarde patinando, pues I bajó del bosque acunando en sus robustos brazos dos palomas, un alcaudón, dos pajaritos preciosos de plumaje pardo claro con las puntas de las alas de un tono más oscuro y una trampa. Los pájaros que llevaba I entre sus brazos musculosos eran elegantes y parecían muy graciosos con sus ojitos cerrados.

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