“2666” de Roberto Bolaño (1)

Cuando la puerta se abrió Morini fue el primero en verlo. Edwin Johns tenía el pelo lacio, aunque ya le comenzaba a ralear por la coronilla, la piel pálida, y no era demasiado alto aunque seguí siendo delgado. Iba vestido con un suéter gris de cuello alto y una delgada chaqueta de cuero. En lo primero que se fijó fue en la silla de ruedas de Morini, que le sorprendió agradablemente, como si evidentemente no esperara esta súbita materialización. Morini, por su parte, no pudo evitar mirarle el brazo derecho, donde la mano no existía, y su sorpresa, que esta vez no tuvo nada de agradable, fue mayúscula al constatar que del puño de la chaqueta, donde debía haber sólo un vacío, sobresalía ahora una mano, evidentemente de plástico, pero tan bien hecha que sólo un observador paciente y avisado sería capaz de percibir que era una mano artificial.

En ese momento, Espinoza, que había seguido el monólogo de Johns, vio a Pelletier junto a la enfermera, con el codo apoyado en el reborde de la ventana mientras con la otra mano, en un gesto cortés, ayudaba a ésta a buscar la página donde estaba el cuento de Archimboldi. La enfermera rubia sentada en la silla con el libro sobre el regazo y Pelletier, de pie a su lado, en una postura que no carecía de aplomo. Y el marco de la ventana y las rosas afuera y más allá el césped y los árboles y la tarde que iba avanzando por entre los riscos y cañadas y solitarios peñascos. Las sombras que se desplazaban imperceptiblemente por el interior del pabellón creando ángulos donde antes no los había, inciertos dibujos que aparecían de pronto en las paredes, círculos que se difuminaban como explosiones sin sonido.

–La causalidad no es un lujo, es la otra cara del destino y también algo más –dijo Johns.

–¿Qué más? –dijo Morini.

–Algo que se le escapaba a mi amigo por una razón muy sencilla y comprensible. Mi amigo (tal vez sea una presunción de mi parte llamarlo aún así) creía en la humanidad, por lo tanto creía en el orden, en el orden de la pintura y en el orden de las palabras, que no con otra cosa se hace la pintura. Creía en la redención. En el fondo hasta es posible que creyera en el progreso. La casualidad, por el contrario, es la libertad total a la que estamos abocados por nuestra propia naturaleza. La casualidad no obedece leyes y si las obedece nosotros las desconocemos. La casualidad, si me permite el símil, es como Dios que se manifiesta cada segundo en nuestro planetas. Un Dios incomprensible con gestos incomprensibles dirigidos a sus criaturas incomprensibles. En ese huracán, en esa implosión ósea, se realiza la comunión. La comunión de la casualidad con sus rastros y la comunión de sus rastros con nosotros.

–¿Por qué se mutiló?

El rostro de Morini parecía atravesado por las últimas luces que rodaban por el parque del manicomio. Johns lo escuchó imperturbable. Por u actitud se hubiera dicho que sabía que el hombre de la silla de ruedas había ido a visitarlo para buscar, como tantos otros antes que é, una respuesta. Entonces Johns sonrió y formuló a su vez otra pregunta.

–¿Va usted a publicar esta entrevista?

–De ningún modo –dijo Morini.

–¿Entonces qué sentido tiene preguntarme una cosa así?

–Deseo escuchárselo decir a usted –susurró Morini.

Con un gesto que a Pelletier le pareció lento y ensayado, Johns levantó la mano derecha y la sostuvo a pocos centímetros de la cara expectante de Morini.

–¿Usted cree parecerse a mí? –dijo Johns.

–No, yo no soy un artista –respondió Morini.

–Yo tampoco soy un artista –dijo Johns–. ¿Usted cree parecerse a mí?

Morini movió la cabeza de un lado a otro y su silla de ruedas también se movió. Durante unos segundos Johns lo miró con una leve sonrisa dibujada en sus labios finísimos y sin sangre.

–¿Por qué cree usted que lo hice? –preguntó.

–No lo sé, sinceramente no lo sé –dijo Morini mirándolo a los ojos.

El italiano y el inglés estaban ahora rodeados de penumbra. La enfermera hizo el gesto de levantarse para encender las luces, pero Pelletier se llevó un dedo a los labios y no la dejó. Ls enfermera volvió a sentarse. Los zapatos de la enfermera eran blancos. Los zapatos de Pelletier y Espinoza eran negros. Los zapatos de Morini eran marrones. Los zapatos de Johns eran blancos y estaban hechos para correr grandes distancias, ya fuera en el pavimento de las calles de una ciudad como a campo través. Eso fue lo último que vio Pelletier, el color de los zapatos y su forma y su quietud, antes de que la noche los sumergiera en a nada fría de los Alpes.

–Le diré por qué lo hice –dijo Johns, y por primera vez su cuerpo abandonó la rigidez y el porte erguido, marcial, y se inclinó y se acercó a Morini y le dijo algo al oído.

Luego se levantó y se acercó a Espinoza y le dio la mano muy correctamente y luego hizo lo mismo con Pelletier y luego abandonó el pabellón y ña enfermera salió detrás de él.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Recortes de libros y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s