“El país del dinero” de Pedro Ugarte (1)

 

Llegábamos a la engañosa conclusión, que acaso nunca formulamos en voz alta, de que ser rico era un estigma, algo vergonzoso y algo que, además, nos separaba de la verdadera vida. Habitaba en nosotros un estúpido sentimiento de culpa. Se trata de una paradoja, pero así fueron aquellos años: los pobres parecían más auténticos, los pobres parecían ser mejores, y un marxista halo de santidad rodeaba sus cabezas y los llevaba en volandas hacia un destino deslumbrante: la posesión de la tierra, la instalación de una dictadura redentora que ajustaría cuentas con nosotros y nos sometería al yugo de la justicia universal. En nuestra imaginación de jóvenes acomodados, los pobres se divertían más que nosotros, trasnochaban más que nosotros, follaban más que nosotros; y creíamos que sus hombres eran mejores amantes, y sus mujeres siempre hembras sin remilgos, y que su vida, la vida de aquellos seres remotos que vivían de un modo distinto, era seguramente más intensa, más plena y más ardiente.

A Simón le fastidiaban los impuestos como si su mera existencia viniera dictada por comisarios bolcheviques. Y lo mejor era precisamente esos: que cualquier trabajador atado de por vida a una nómina podía comprobar cómo sus descuentos mensuales sostenían todo un universo de carreteras, escuelas y hospitales, mientras que Simón transitaba por ese universo de carreteras, escuelas y hospitales como un ser angelical, eximido de la obligación de mantenerlo. Simón no concebía la sociedad como una suma de fuerzas. No apreciaba a su alrededor el concurso de millones de insectos que conforman la colonia y sostienen una cooperativa corriente subterránea. La suficiencia de sus recursos le impedía percibir la insuficiencia de los recursos de todos los demás. Para Simón una multa de tráfico era una expropiación y cualquier norma que le obligara a algo un intolerable quebranto a las libertades políticas. Vivía como el único habitante de una isla desierta que no solo no espera ningún auxilio del mar, sino que recibiría la noticia de la existencia de otro ser humano como un intolerable agravio. Simón era una robinsón moral que aspiraba a construir una isla suficiente. Y la isla de mi amigo robinsón era demasiado grande, pero además estaba desierta. Ni siquiera podía percibir a otros seres humanos desde las necesidades a que estaban sometidos. Y yo suponía que ese carácter solar, independiente, ajeno al rotar de los planetas y a la subordinada gravedad de sus satélites, era la impronta que podrían dejar en un privilegiado decenas de criadas y empleados dedicados a satisfacer desde niño sus deseos. Yo vivía en los alrededores de aquella isla, fascinado por la suavidad con que llegaban las olas a sus playas, embriagado por la estabilidad que proporciona un patrimonio, la seguridad casi espiritual que confiere el dinero y que preserva del miedo al hambre, del miedo a la pobreza, del miedo a la soledad y al desamparo, y del miedo más profundo de todos: el miedo al final, a que llegue el final.

Pensé en alguna ocasión que lo más parecido a la inmortalidad que existe es el dinero.

 

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Una respuesta a “El país del dinero” de Pedro Ugarte (1)

  1. Pedro dijo:

    ¡Gracias por difundir el texto, Javier!
    Un tardío pero seguro abrazo.
    Pedro

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