“El viejo y el roble de Cantú”

El roble centenario, que lentamente vio crecer a la población de Cantú, sobre la colina que protege el pueblo del viento del norte, no pudo imaginar que aquel niño que tantas veces había jugado bajo sus extensas ramas y al que había protegido, junto a su madre Elisabetta y a su abuela Esther di Este, del viento y del sol, cuando en las tardes calurosas de junio llegaban a él desde el pueblo y hablaban y reían viendo jugar a Giulio que trepaba y saltaba en sus ramas tras los pájaros y las ardillas, aquel niño, ahora convertido en hombre, se aproximara con un hacha y después de mirarle como siempre había hecho, descargara un poderoso golpe en su base que recorrió con un estremecimiento de terror cada una de las fibras de su tronco.

Giulio Lombardo dirigió su furia a la gruesa hoja de acero de filo convexo, del hacha que una y otra vez penetraba en el tronco del gran roble centenario, rompiendo su madera, llegando al corazón de aquellas fibras escondidas en el centro más profundo del árbol, que habían visto llegar a las centurias romanas, y que mucho tiempo después, oyeron aterradas el idioma bárbaro de los invasores. La sangre se agolpaba en su cabeza y no le permitió oír el angustioso gemido que emitían.

Los árboles, cuando caen, aún viven. Cualquier animal del bosque, sobre todo los pájaros, saben que tardan mucho tiempo en morir, algunos dicen que tantos años como los que han vivido en los brazos del viento.

Pero Giulio tuvo lo que tantas veces había soñado, la mesa mayor de Cantú, hecha con el viejo roble, de una sola pieza y de un palmo de grosor. A ella se sentaron sus doce hijos, su esposa, y su anciana madre, Elisa di Lombardo. Era un hombre rico, el más rico de Cantú, un grande de Milán.

Pasó el tiempo, y Giulio Lombardo, el que fuera amigo del viejo roble, el que lo convirtió en la mesa más admirada del Milanesado, era un hombre viejo y enfermo, a punto de morir, que ya no podía hablar. Cenaba solo, en la cabecera de la mesa, donde nadie salvo él podía sentarse. Una única vela iluminaba la enorme tabla de madera que se perdía en la oscuridad sin que Giulio pudiera verla completa. Tampoco lo hacía, cuando de pequeño miraba hacia arriba, y el árbol se convertía en el camino sin fin de una aventura infantil.

Aquella noche, además del olor rancio de la sopa, le llegó como postrera venganza, el olor a savia del roble. Algo se removió en su adormecida alma, porque Giulio clavó torpemente el cuchillo en la vieja mesa, como si con ello pudiera borrar el único recuerdo bello que habitaba en su cabeza: su abuela y su madre bajo el espléndido árbol en las tardes calurosas de junio.

En ello andaba cuando oyó a sus hijos hablando enfurecidos en el piso de arriba. No habían reparado en el viejo silencioso en que se había convertido y discutían airados. El menor era el más parecido a su mujer, cariñosa y buena. Intentaba convencer a los demás de que el padre de todos, ¡él!, no estaría mucho más tiempo con ellos. Que sería decente por su parte, como buenos hijos, hacer llamar al cura más santo que conocieran y que preparara a su anciano padre para abandonar este mundo y encontrarse con Dios. Para su sorpresa, los demás hijos callaron al menor y discutieron agriamente sobre el reparto de sus posesiones.

El anciano Giulio abrió la boca para mandar callar a sus hijos desbocados, pero de su garganta sólo salió un silbido débil que le hizo toser. Se levantó de la silla derramando el tazón de sopa. Asió el cuchillo que había quedado clavado en la mesa, y se agitó braceando como una sombra de guiñol con sus delgados brazos, ramas siniestras de pobre espantapájaros. La borla de su gorro de noche le golpeaba la cara y se le introducía en la boca abierta, aventada a cada giro del viejo por el salón. Clamaba venganza y en él renacía su vieja furia lombarda.

La mesa de roble había despertado de su letargo cuando Giulio clavó su cuchillo en ella. Ahora oía los gritos mudos del anciano en camisón. Aún distinguió, a la luz de la única vela de la habitación, cómo Giulio Lombardo levantó la mano armada con los ojos enloquecidos, para clavar de nuevo, con toda la fuerza que pudo, el cuchillo en su superficie.

El viejo roble se estremeció y a duras penas contrajo sus fibras para esperar la descarga de la acerada punta. Tanto, que la hoja se rompió, rebotó y fue a clavarse en la garganta estéril del viejo desarbolado. Al principio no supo de dónde salía el líquido negruzco que manchó su camisa, pero cuando sintió discurrir su calor se llevó la mano al cuello y se desplomó en la enorme tabla.

Lo último que vio Giulio Lombardo antes de morir fue su sangre esparciéndose sobre la madera. Parecía que desapareciese, pues se colaba entre los huecos secos de sus nudos. La ajada madera recibió sedienta la sangre del anciano. Y así murió con amargura, en el instante mismo en que el viejo roble exhalaba el último sudor de savia.

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