“Una gran noche”

“Caravaggio usaba la técnica del clarosocuro para dramatizar las escenas que reproducía en sus cuadros. La iluminación inexplicable de los volúmenes protagonistas, emergiendo de una oscuridad rotunda, negra, sin reflejos, le ayudaba a tintar de drama cualquier escena cotidiana, por lo demás burlesca”.

La luz que la pantalla del ordenador proyectaba sobre él, en la oscuridad simple de la habitación, había ayudado a Juan, el Francés, a recordar aquellos cuadros barrocos, negros e iluminados, para una de las escenas de su relato.

Reflexionaba, bajo la luz cálida de un flexo curioso, sobre la dificultad de escribir. Había supuesto que con el tiempo, el esfuerzo se tornaría en soltura, y que escribir, lejos de dolerle, se convertiría en un atropello de faltas de ortografía y de tachones sobrevenidos en una escritura febril, cómoda y desenvuelta. Lejos de ello, Juan, el Francés, sufría cada vez que escribía. Cada frase era un laberinto de nudos, que le hubiera gustado resolver convertido en un gran Alejandro de tinta sobre papel.

“La mirada de la mujer, asomada al borde de la ventana, se posaba en la noche y en la ciudad. Sólo el humo del cigarrillo ascendía en aquella oscuridad pesada, donde las luces de las calles y los focos de los coches, amarillos y rojos, reventaban como estrellas de fuego en los ojos llorosos de la mujer”.

John Dos Passos, Truman Capote… ¿por qué se acordaba de textos leídos cuando escribía algo que le gustaba? Él era Juan, el Francés, novelista de nombre canalla, diletante sin escrúpulos, amante de noches largas y pobre de solemnidad. ¿Por qué entonces cada párrafo le retraía a escenas soñadas en cuadros de Hopper o de Hockney, acaso a las fotografías del Nueva York de Feininger o de Berenice Abbott? Su mundo era una ciudad de edificios altos, de noches eternas, de hombres con sombreros y mujeres solitarias, que coincidían en taxis amarillos y que utilizaban números para identificar las calles.

“Recordaba la tarde anterior, cuando al borde de la piscina, de pie sobre ella, contempló levemente inclinada, la figura diluida, líquida, llena de luz, de aquel hombre sumergido en el agua. Frente a ella, las montañas verdes o azules dibujaban…”

Sabía quién era aquella mujer, pero aún no le había puesto nombre. Para él era una flor desconocida que iría deshojando a medida que la escritura la penetrara. No recordaba sus rasgos salvo si los describía, y no hubiera podido definir el color exacto de su pelo. Sólo sabía que no era rubia, que su belleza era triste y que le hubiera gustado besarla.

Decidió mantener al hombre en el agua; lo recuperaría más tarde.

“Al fondo de la habitación, iluminada por un halo irreal, una mujer mayor, hierática, de ojos enojados, con blusa blanca escotada, falda sobre la rodilla y zapatos de tacón de color azul, observaba impía la figura de la terraza de cuya cabeza se desprendía el humo del cigarro”.

Juan, el Francés, novelista, sabía que la luz dura, contrastada, sobre la mujer mayor, dirigía todas las miradas hacia la joven del balcón. Significaba cargar las espaldas de la mujer en la terraza, centrar la atención en un punto difuso. La figura iluminada de la madre severa y escrutadora, sentada en un sofá, cedía el protagonismo a aquel bulto delicado en la barandilla. En él, un único punto de luz, la lumbre del cigarro, desde el cual, un humo gris agitaba el único movimiento en la escena quieta, en la noche pesada.

El novelista pensó en el narrador que contaba su historia, y se preguntó cuánto de él había en la voz que le permitía saber más de aquellas dos mujeres. Descansó y levantó las manos del teclado. Guardó los cambios del texto y relajó sus ojos dirigiendo la mirada a la oscuridad de la habitación. Sintió una extraña presencia como si alguien le observara y contara de él. Por un breve instante se sintió personaje de otro cuento, protagonista de otra historia. Pero Juan, el Francés, sabía que el narrador era él, y que de no serlo, daría igual: el narrador nunca traiciona su relevancia en el texto. Ningún narrador le diría que era un personaje, ninguno sería capaz de decirle que el escritor no era él.

Mientras, la pantalla del ordenador, descansando, mostraba una fotografía de la gran ciudad, en la que los rascacielos creciendo en una noche ruidosa, exhalaban sus luces de colores, exprimidas por el peso de la noche. De nuevo, John Dos Passos, se dijo, y Juan, el Francés, supo que le quedaba por delante una gran noche, la más larga.

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