“Nubes grises”

 

Era la figura más solitaria del parque. No reposaba en el respaldo del viejo banco de pintura gastada que, impúdica, decapada, dejaba asomar la madera vulgar de los listones. La mirada del hombre seguía de vez en cuando a las figuras veloces de los habitantes de la ciudad. Diríase de él que vigilaba su movimiento desde la más silenciosa oscuridad.

No habría ninguna razón por la que mereciera la pena contar la historia de este hombre, si no fuera porque las grandes historias son las de los hombres comunes; por lo menos son las más conmovedoras. Su descripción acaba en su mirada, porque cualquier otra observación, la forma ingenua en que las puntas de sus pies se miraban la una a la otra, la oración que practicaban sus manos con las palmas unidas, los codos apoyados en las piernas, la chaqueta de color indefinido que podría ser de cuadros pequeños, o igual no, el susurro con que repetía una y otra vez la melodía de una vieja canción, o cualquier otra cosa, nada aportaba para comprender que se trataba de un hombre sentado en el parque de la ciudad.

Su nombre no nos ayudaría a entender por qué se encontraba solo. Que le quedaran escasas semanas para cumplir cincuenta años no era el motivo que le había obligado a sentarse en aquel húmedo banco en una mañana cualquiera de primavera.

Daba vueltas a su vida. Una vida que transcurría mientras pensaba en cómo vivirla, anhelante siempre del porvenir. Intuía que siempre había vivido esperando un futuro mejor, no por bueno, sino por futuro. No se quejaba de ella, y es que había amado, trabajado y sufrido todo lo que una persona podía aspirar a hacerlo; de hecho estaba satisfecho, pero en los últimos años le había invadido, como las nubes grises que rápidamente se estaban apoderando del cielo, una sombra de malos augurios. No le angustiaba la edad, siempre había sentido atracción por las cifras rotundas, treinta, cincuenta… y cuando las alcanzaba sentía un gusto de venganza contra el tiempo, por irlo conquistando, y de burla por sus miedos pasados, ahora injustificados. Tampoco le desabría ser consciente de que aquello que había sucedido a la juventud, se llamara como se llamase, también tocaba a su fin. Sin embargo, sentía que el ritmo, su proyecto, su ruta, debían cambiar. Miraba a la gente caminar y se reconocía en aquella situación. Él había dejado de dirigirse entusiasmado a cualquier lugar, a cualquier familia. Le gustó comprenderse en la misma situación física que vital: sentado al borde del camino en un banco descascarillado, viendo pasar, indefectible, la vida.

Pero tenía que seguir. Las nubes, con el color inquietante de agua preñada, habían cubierto el cielo de la ciudad, y él debía andar como el resto, como los demás. Tenía la certeza de que anhelar un momento futuro, en el que la tierra fuera un paraíso, ya no le sería útil. Aquélla había sido la trampa que él había tendido a la vida, pero ya no serviría. Se reconoció, pasados los años, como un hombre vulgar, no como en la infancia, un ser especial para el que se había hecho el mundo. Sin embargo tardó poco en darse cuenta de que, a pesar de ello, él estaba vivo y que, como el resto de las cosas, obraba en la vida, operaba en ella y la alteraba. Lo más sencillo sería incorporarse, correr como el resto, no tener demasiado tiempo para soñar.

Y pensó que hacerlo, andar o correr, pensar o vivir, o cualquier otra cosa, no ayudarían a dejar de ser un hombre sentado en el parque de la ciudad.

 

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