“El mapa y el territorio” de Michel Houellebecq (3)

El envejecimiento, en especial el aparente, no es de ningún modo un proceso continuo, se puede más bien caracterizar la vida como una sucesión de escalones separados por caídas bruscas. Cuando nos encontramos con alguien a quien hemos perdido de vista desde hace años, a veces tenemos la impresión de que ha envejecido de repente; a veces, por el contrario, la de que no ha cambiado. Impresión falaz: la degradación, secreta, primero se abre camino a través del organismo, antes de aparecer a plena luz del día.

En efecto, al llegar al rellano del tercer piso, le recibió el olor característico de un conejo a la mostaza y los ladridos alegres de Michou, que había reconocido sus pisadas. Giró la llave en la cerradura; eran una pareja de viejos, se dijo, una pareja tradicional, de un modelo bastante extendido en la década de 2010 entre las personas de su edad, pero al parecer constituía de nuevo para los jóvenes un ideal esperado, aunque en general inaccesible. Era consciente de que vivía en un islote de felicidad y paz, tenía conciencia de que se habían creado una especie de nicho apacible, alejado de los ruidos del mundo, de una benignidad casi infantil, en oposición absoluta a la barbarie y la violencia a las que él se enfrentaba todos los días en su trabajo. Habían sido felices juntos, todavía lo seguían siendo y lo serían aún probablemente hasta que la muerte les separase.

Partían en coche todos los veranos en el mes de agosto y se limitaban a descubrir Francia y países limítrofes. Con su estatuto clásicamente asimilado por la jurisprudencia al del domicilio conyugal, el automóvil seguía siendo, tanto para los propietarios de animales domésticos, como para los fumadores, uno de los últimos espacios de libertad, una de las últimas zonas de autonomía temporal ofrecida a los humanos en aquel comienzo de tercer milenio.

El entierro había sido fijado para el lunes siguiente. El escritor había dejado a este respecto unas instrucciones extremadamente concretas y las había depositado ante notario, acompañándolas de la suma necesaria para llevarlas a cabo. No quería que lo incinerasen, sino que lo sepultaran a la manera clásica. “Deseo que los gusanos limpien mi esqueleto”, precisaba, y se permitía una anotación personal en un texto de factura, por lo demás, muy oficial: “Siempre he mantenido excelentes relaciones con mi esqueleto y me alegro de que pueda desprenderse de su corsé de carne”.

 

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