“Carmelo”

A esa hora de la tarde, sobre las ocho, a mediados de agosto, la luz raspa el aire que exhala la hierba, y en ella se desvelan los secretos de miles de insectos invisibles, que danzan frenéticos alrededor de tomates y berenjenas. Es la hora de recoger y los sonidos, escasos, recuperan poco a poco, para el hombre, el espacio de golondrinas y vencejos. Como cada tarde, espero a que Carmelo pase.

-Hay que sallar los carrejos, que la hierba se come el tomate.

-Que no, Carmelo, que el trébol guarda la humedad de la tierra.

Es un hombre pequeño de estatura, que anda rápido con una vara larga de aquí para allá, con apariencia de estar atareado. Le conozco una camisa, un pantalón gris y unas botas de goma que no se ciñen a las delgadas cañas de sus piernas. La primera vez que le vi, estaba de espaldas a mí, mirando hacia la ladera de avellanos e higueras que nace al otro lado del camino. Gritó a unas cabras en el lenguaje especial que éstas reconocen en quienes les dan de comer. Supongo que lo hizo para que le prestara atención.

-Buenas tardes.

-Esa hierba está alta –dijo sin mirarme.

-Lo sé. Quiero quitarla, pero ando mal de tiempo.

-La huerta hay que cuidarla.

-Es verdad, y hago lo que puedo, pero…

-Plantar es fácil, se hace rápido, pero hay que limpiar –exclamó con tono enfadado-. Y regar los pimientos, que amarillean.

-Vengo pocas horas y…

-¿Alcachofa? –atemperó.

-Cardo.

Carmelo continuó dándome la espalda a pesar de que había dejado de llamar a las cabras.

-Todo contra uno -me dijo.

-¿Perdón…?

-Todo contra uno -repitió.

-No entiendo…

-Ya entenderá. La huerta, todo contra uno –Concluyó y se marchó con paso rápido, sin mirarme.

A esa hora, sobre las ocho de la tarde a mediados de agosto, cuando Carmelo pasa, saluda y riñe, me siento en el muro de piedra que delimita el campo trabajado junto al camino, y miro al sol que cae. El roble, grande y ondulante, hace vibrar en sus hojas redondeadas la luz que le llega horizontal. Los insectos bailan y las plantas descansan del día. Cuando me vaya, la vida en la huerta despertará: ratoncillos, arañas, algún que otro zorro, tordos de pico naranja, las sufridas lombrices… También las plantas se erguirán, recuperarán la humedad, la dignidad perdida ante el sol. Dilato el momento en el que todos ellos esperan a que me vaya. Llega a la huerta el olor a aceite de una cocina, a la madera del abedul que creció junto al río, de una chimenea, y el ruido de platos de una mesa cojitranca.

Una mujer llama a su hijo y los pájaros vuelan sin piar, alborozados de que una vez más llegue la noche. Mañana lloverá, me ha dicho Carmelo. Mañana precisamente, que hacía falta sol.

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