“Javier Ibarrola” de Benicio Solo

No tenía que ser yo quien escribiera. Puede que se trate de una postrera venganza, de una casualidad, o simplemente, de otro cuento. De ser así, yo, su protagonista, soy ahora el autor. No os voy a hablar de mí: estaba destinado a ser un hombre sin compañía, abandonado en un mundo literario en el que las cosas no hablaban, el silencio era el único cielo y los grises componían la escena. Mi nombre era una condena de la que nunca me hubiera podido librar. Sin embargo, me encuentro escribiendo en este ordenador de arquitecto resentido con su profesión, entre carpetas y papeles amontonados, una lupa, una calculadora sencilla, otra compleja, y una hoja torturada con cientos de anotaciones, dibujos de curvas y rectángulos imposibles, entre listas de numeritos ilegibles.

A pesar de estar aquí, y como él a mí, le puedo ver. Javier Ibarrola está en un pequeño huerto, bajo un roble que él no plantó, sentado en una pequeña silla de madera con un balde de color azul, lleno de tierra negra. En el suelo, un tiesto de arcilla con unas pequeñas piedras que drenarán el agua que a ellas llegue. Javier tiene en sus manos una cupea de flor azul. Una botella vieja con agua, y su perro, más anciano aún, completan el cuadro de una mañana de marzo encaprichada con la recién nacida primavera.

Michel Houellebecq descansa en su territorio de letra impresa, mientras los hermanos Dalton preparan otro golpe, y Lucky Luke lía su último cigarrillo, antes de agujerear los sombreros de los cuatro hermanos, como siempre y sin que medie explicación, con una sola bala. Speak Softly, Love… Andy Williams y el sol, hacen que la cupea brille y prometa algún momento inolvidable de tarde de verano… my life is yours, and all because

Si pudierais ver el aire, sentiríais el viento arremolinarse en torno al liquidámbar que brota con una fuerza que sorprende a pesar de que su madera se rompa de idéntica forma año tras año.

Es un cuento de soledad, y yo, Benicio Solo, su protagonista, permaneceré abandonado en este mundo de extensión blanca y de hebras vegetales, donde las palabras muertas decoran un paisaje yermo. Mientras, vosotros vivís, añorando la inexistente soledad.

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