“Sexismo en el lenguaje”

El lenguaje es, entre tantas cosas, un poderoso arma de cualquier ideología. El lenguaje no es otra cosa que la condensación en sonidos o palabras del pensamiento. Hablo y escribo, luego existo. Modelar el lenguaje ha sido una constante en la historia de la humanidad: movimientos religiosos, ideologías políticas o filosóficas, han intentado adaptar los usos lingüísticos a las realidades o ensoñaciones propugnadas. Tan humano ha sido el intentarlo como el no conseguirlo. Pero es igual de cierto que el lenguaje con el que hoy nos comunicamos es un enorme tronco en el que están grabados indeleblemente todos esos vanos intentos, así como trasnochadas costumbres, miedos postergados o religiones olvidadas.

Los códigos milenarios, los textos sagrados, su ocultamiento secular con el uso del latín, la regla alfonsí, la convivencia con otros pueblos, el mestizaje de las lenguas, las enfermedades, el clima, las costumbres… todas las actividades humanas han ido modelando con mayor o menor éxito, cada una de las palabras y las leyes que las unen, para que las usemos, y haciéndolo, sigamos tallando para futuras generaciones el mayor patrimonio que de padres a hijos se pueda transmitir.

En las últimas décadas, el debate sobre la posición de la mujer en la sociedad occidental contemporánea, ha suscitado derivadas que afectan de una forma directa y explícita, al lenguaje. Es evidente que nuestra sociedad presenta carencias básicas en el trato a las mujeres: en el reconocimiento de su dignidad, en la valoración de su trabajo y en el respeto de la condición femenina. Los comportamientos y actitudes machistas de hombres y mujeres han dejado huella en el lenguaje, como ente permeable que es a cualquier actividad humana.

Es loable que desde determinados colectivos se haya intentado señalar y denunciar esta huella sexista, porque existe y porque en muchos casos es nociva para la comunicación. Pero las soluciones que dichos colectivos han propuesto pasan por una reeducación de la sociedad en sus modos lingüísticos, con un intervencionismo que ha olvidado dos leyes básicas: la economía en el lenguaje y la libertad en el pensamiento.

En la sociedad global, en la que los medios de comunicación tradicionales han perdido su papel prioritario en la formación ideológica, en la que el uso de las redes sociales crece de forma exponencial, pretender que la publicación y difusión de guías con normas confusas y prolijas, que generan un lenguaje no económico, como todo lo oficialista, es tan absurdo que impone una reflexión sobre el problema de fondo, que sigue siendo el sexismo en los comportamientos sociales y su relación con el lenguaje.

Nos debería preocupar que la información que formulamos cuando hablamos o escribimos sea precisa, correcta, que nos ayude a nosotros mismos a estructurar nuestro pensamiento, y que sirva para transmitirlo. Que estas ideas se fundamenten en el respeto a los demás, a sus creencias y a su libertad. Sean mujeres, hombres de distinta condición, animales o incluso cosas. Se trate de gentes que crean en otros dioses, que no crean, de personas con distintos comportamientos sexuales, con otros colores de piel, con capacidades disminuidas, de animales vejados, de cosas maltratadas, de la naturaleza humillada… se trate de lo que se trate, nuestro pensamiento debe tener como piedra angular el respeto y el amor hacia todo lo que nos rodea. Creo profundamente que las sociedades se van perfeccionando, y mientras lo hacen, el lenguaje irá recogiendo como una esponja invisible nuestros comportamientos, nuestras actitudes y nuestro amor, si es que lo hubiera.

El lenguaje reflejará sin duda en su cadena genética, la preocupación que en nuestro tiempo se ha desatado sobre un problema de discriminación de la mitad de la población. Y reflejará las soluciones que seamos capaces de dar a éste y a otros problemas. Y seguiremos hablando de Dios y de la madre Tierra, de la cuchara y del tenedor, continuaremos temiendo al Diablo y a las brujas, viviremos entre el nacimiento y la muerte, cada día, entre el sol y la luna.

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