“Riverside Drive, última parada”

Al otro lado de la calle, la imagen de una mujer de vestido blanco con pamela de ala ancha y cinta de color azul como el mar, se centraba entre las columnas dóricas del porche. A ratos, fugaces rayos de sol la iluminaban y arrojaban su sombra, quebrada, sobre los escalones por los que se ascendía al portal. Desde su casa, Fundador se entretuvo observando a la mujer de zapatos negros y talle ceñido. El color de su falda era el mismo que el de las cortinas de las ventanas que la acompañaban, el mismo que el de sus sueños.

Fundador abandonó la habitación minutos después de haber apagado su ordenador. Se puso la chaqueta y rebuscó en el armario, intentando hallar la bufanda de color rojo que tanto le protegía del frío. Gastó el tiempo preciso bebiendo un último vaso de agua; el vino dulce se le había pegado al paladar. Cerró la puerta, dio dos vueltas a la llave, recorrió los escasos metros que le separaban del ascensor y esperó a que llegara. Que estuviera en la planta veintidós dio tiempo al autobús de la línea M5 que hacía la ruta  de South Ferry hacia Riverside Drive, a pasar sin problemas el semáforo del cruce de la calle 53 con la Avenida de las Américas. Antes de que las puertas se abrieran recordó que había olvidado encima del ordenador su agenda de notas y el libro de cuentos de aquel autor español al que seguía de lejos. El minuto y cuarenta y seis segundos que tardó en entrar en el apartamento y coger la agenda y el libro, fueron los que el autobús utilizó para salvar el pequeño atasco que se había formado en las cercanías de Radio City, con la llegada de una celebridad de la televisión. Mientras descendía cada una de las últimas trece plantas que le separaban del suelo, Fundador pensó que había hecho bien en no comer el bollo que ahora descansaba sobre su ordenador: un pequeño ardor de estómago le recordó que su cuerpo estaba compuesto de agresivos componentes químicos. En ese tiempo, desde la planta séptima hasta que Fundador vació su buzón, donde entre quince folletos de propaganda encontró una carta del banco, el autobús hizo la anteúltima parada del recorrido. De él descendieron cuatro personas, tres mujeres y un anciano que necesitó de la ayuda del conductor y de un joven de color, de los siete que subieron hacia el destino final, última parada. Llovía. Fundador no necesitaba paraguas. Deshizo la madeja en que se convertían los cables de los auriculares, se los introdujo en los oídos y buscó el “Paso a dos” del Cascanueces. Protegido por la música recibió en la cara las primera gotas de lluvia. Abandonó la acera pasando por el estrecho espacio que dos coches aparcados dejaban entre sí.  Cerró los ojos y miró hacia el cielo.

Quizás fueron los segundos que Fundador necesitó para comprobar que la carta del banco era otra publicidad más, o quizás los que tardó en buscar entre los cientos de obras clásicas de su ipod la melodía de Tchaikovsky. Puede que la culpa fuera de aquel anciano que retrasó la salida del autobús, el que Fundador no vio, o la prudencia del conductor cuando dos minutos y siete segundos antes decidió parar el vehículo con la luz ámbar del último semáforo, el que distaba dos manzanas del portal de Fundador. Quizás fue por el vecino de la planta veintidós que aquel día había decidido volver temprano a casa. O por Álex Oviedo, el escritor español, con cuyo libro de hipopótamos se había entretenido leyendo un cuento de un pequeño psicópata vienés. Todo pudo ser, porque el conductor nunca recordó cómo miró a una extraña mujer que un día de lluvia llevaba una pamela ocre con un lazo tan azul como el mar.

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