“Con el amante en el armario”

Cuando el joven Ramón Ballester vio la vivienda, pronto se dio cuenta de que aquélla sería su casa para siempre. Estaba en un edificio antiguo y mostraba, en su piel y en sus venas, el paso de los años y de otras vidas. La compró a buen precio, así que pudo acometer algunas pequeñas obras de mejora. En un rincón, entre un pilar y una pared medianera de hormigón, descubrió un hueco que había sido tapiado por el anterior propietario. No era lo suficientemente grande como para construir un armario, ni tan pequeño como para no aprovecharlo, máxime cuando Ramón Ballester había pagado un precio por cada metro cuadrado que le había costado mucho ganar. El peculiar sitio que había descubierto presentaba otra condición y era que, por la situación en que se encontraba, haciendo esquina con un pilar, frente a un muro y al lado de una puerta, podía pasar totalmente desapercibido si no se sabía de su existencia. Bastaría con no modelar una puerta común, para que nadie recayera en él.

La relación de Ramón Ballester con el dinero era orgánica: lo amaba. No se podía decir que lo ganara en abundancia, pero él lo cuidaba, lo medía, se entristecía si de él se tenía que separar y por eso procuraba no hacerlo, y cuando no tenía más remedio, lo hacía con mesura, esperando volverlo a ver, como cuando un hijo abandona el hogar a estudiar en otra ciudad, y el padre lo despide con el deseo de que vuelva más hombre y con más conocimientos.

Ramón Ballester guardó cada mes de su vida una cantidad creciente de dinero, ya que, como hombre trabajador y responsable que era, vio recompensado su esfuerzo al paso de los años con un sueldo que nunca hubiera soñado tener.

No se casó. Las bodas eran celebraciones estúpidas y costosas, pero no eran nada comparado con lo que a su economía le hubiera supuesto una esposa. Que nunca vienen solas… su madre, su padre, cuando no se ponen a parir y te llenan la casa de niños. Así pensaba Ramón Ballester y así se lo contaba a los escasos conocidos con los que coincidía en sus paseos vespertinos. No era un hombre de bares, ni de tertulias en las que se gastaba en cafés y puros más de lo que se debía, y mucho más de lo que él, pobre trabajador, se podía permitir.

El dinero que cada mes conseguía salvar de la avaricia de los demás, fueran comerciantes con sus precios, curas con sus cuitas o políticos con sus impuestos, lo guardaba en casa. No era un hombre confiado y, como tal, los bancos le generaban un rechazo congénito. Lo aprendió de su padre, eso y que cuanto más fuera al banco, más sabrían los demás de sus pertenencias.

El hueco que Ramón Ballester había descubierto entre el pilar y el muro, aquellos centímetros cuadrados que no quiso inutilizar, y de cuya existencia había conseguido olvidarse, recuperó de pronto una utilidad: allí depositó sus amados billetes. Era un lugar idóneo para ello: seco, limpio, alejado de la cocina y, sobre todo, disimulado. Tanto, que un día aciago en el que unos ladrones entraron a la casa de Ramón Ballester con el inútil ánimo de robar, (por la austeridad de sus pertenencias), no repararon en la puerta del falso armario y no lo habrían hecho en diez años que hubieran vivido en aquella casa.

Aquella tarde, sobrepasado el primer momento de terror, Ramón Ballester rió, y lo hizo hasta no poder tenerse en pie. Él mismo se sorprendía, mientras reía, de que aquella risa, que nunca había sufrido en su vida, no tuviera fin. Pero no le importó: reírse no costaba dinero. Pasó largo rato con el armarito abierto, viendo su dinero, tocándolo, reconciliándose con él, oliéndolo, como quien se encuentra con un viejo amigo que lo ha pasado mal. A lo largo de los años había conseguido acumular una elevada cantidad: era ya un hombre mayor y pronto necesitaría cuidados. Pero el mal humor que le embargaba cuando pensaba en todo lo que esto le costaría, no podía con la alegría de estar frente a su amigo fiel.

Cuando esa noche se metió en la cama, mientras hojeaba un periódico gratuito a la cálida luz blanca de la farola que colgaba de la fachada, (así la sentía él), le entró de nuevo la risa. Le dolía el estómago de reír, justo en el lugar donde desde hacía un tiempo, notaba unos profundos pinchazos, de esos que un buen médico necesita para recetarte una carísima medicación, cuando no una operación prohibitiva. De pronto Ramón Ballester dejó de reír. Miró el armario todavía abierto y su rostro se iluminó con una expresión inteligente.

Nadie supo nunca de Ramón Ballester. Nadie le vio salir de casa. Nadie le volvió  a ver en sus largos paseos de las tardes. Algún vecino creyó oírle reír, pero no era un sonido normal, era como si saliera de las paredes. Al cabo de unos días, ya no volvió a oírse nada extraño y el mundo se olvidó del pobre Ramón Ballester.

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