“El taller (2+6=8)”

Me apunté a un taller de literatura (10=8+2). Nos reuníamos a la tarde de todos los martes para hablar de textos, leer el cuento que habíamos escrito esa semana y comentar nuestros  progresos (9=8+1) y retrasos (8).

El primer día que acudí a la habitación (10=8+2, porque siempre cuento la hache) donde celebrábamos las reuniones, os reconocí. Era un lugar perfecto para vosotros: una caja de paredes de cristal con el techo oscuro, suelta en una gran planta donde la gente leía, recogida en el estudio de las palabras.

Me gustaba escribir. Y es que el modo de unir las letras, el orden exacto en que se colocan, es importante. Es lo único importante. De ello depende la idea que obtenemos del mundo y la forma en que los demás nos consideran. Poder contar lo que piensas, moldear lo que descubres en los demás, desentrañar las vidas y los comportamientos ajenos, era lo más cercano a ser un pequeño dios a que había llegado nunca.

No me costó reconoceros, os había visto ya por la ciudad: apariciones fugaces en los reflejos de las lunas de los locales comerciales, en las miradas negras de algunas  gafas de sol, o en el reflejo curvo de los cristales de los coches. Por poco tiempo, pero ya os había visto.

El poder de las palabras (8), su extensión (9=8+1)…  las personas hablan y escriben utilizándolas sin ser conscientes de cómo lo hacen. Se pasan la vida prostituyéndolas, sin pensar en ellas: blasfeman, insultan, las confunden y transforman… incluso mis compañeros del taller de literatura no miden la extensión de sus textos. Cada noche, cuando vuelvo a casa, con sus relatos bajo el brazo, cuento los caracteres que han utilizado para sus magníficas historias. Sé que no me creeréis si os digo que no tienen el más mínimo rigor. ¡Los profesores (10=8+2) nunca nos han dicho nada sobre el número de letras, de signos, de espacios (8), que debe haber en un folio!

Supe en el acto que a vosotros os molestaba tanto como a mí. El primer día, mientras escribíamos una historia sobre la cara de un mono, yo os miraba en los reflejos de los cristales. Nos mirabais entusiasmados. Celebrabais alegres muestras ocurrencias hasta que reparasteis, como yo, en que nadie contaba las palabras.

Primera lección: uno y dos (3), tres, seis y ocho (4), cuatro (6) y cinco, siete y nueve (5). Yo la aprendí rápido y os gustó.

Sé que estáis enfadados. Una de mis compañeras habla de espíritus, pero no es verdad. Ella no os ve. Habla de luz y vosotros estáis en la sombra, detrás de cada uno de nosotros. Cada tarde de cada martes.

Al principio no fue fácil. Con Jesús me costó. Tuve que urdir una trama, hablar a mis compañeros de él como si no le interesaran nuestras reuniones. Al final, todos creyeron que nos había abandonado aburrido de nuestras historias. Con Eunate fue más sencillo. Se había relacionado poco y a nadie le extrañó que un día no apareciera más. Claro que tuve que deshacerme de su amiga Laura, que fue la única a la que no convenció su extraña desaparición. Un par de correos desde una dirección electrónica inventada, diciendo que se había trasladado de ciudad y que el trabajo le atosigaba lo suficiente como para no venir a despedirse: todos lo creyeron.

Pero vosotros (8) pedís más, no os basta con tres (4), los queréis a todos (5). Llevo escritos 2.696 caracteres, con espacios, 3.271. Ahora, 2.742 y 3.325. Ahora, 2.761 y 3.347. Ahora… lo sé, debo terminar (8). No os preocupéis, mañana es martes. Sé que esto debe acabar.

Ocho caracteres (10=8+2) más y 3.500… contando este punto.

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