“Boniface Pepineau”

Boniface Pepineau era un hombre viejo y tenía el pelo blanco. Cada tarde, al borde del acantilado, se sentaba escondido entre la hierba alta que el viento peinaba sobre el arrecife. Le gustaba mirar al mar porque sólo así podía olvidar el profundo dolor retenido a lo largo de una vida. Con sus manos fuertes, con cicatrices por arrugas, acariciaba a su perro de pelo ralo y mirada triste.

Boniface Pepineau fue un granadero del primer regimiento de la Guardia Imperial, un soldado de la Grande Armée del Emperador. Tchaikovsky no sabía de él cuando escribió la Opertura 1812, muchos años después de que en la cabeza de Boniface Pepineau retumbaran los cañones de la artillería imperial en la estepa rusa.

No le gustaba recordar, pero a veces era inevitable que a su cabeza llegaran pedazos de pasado que, como metralla, barrían cualquier defensa del olvido. Esa tarde, cuando posó los ojos en su pequeño perro, recordó la mirada del caballo agonizante al que sacrificó y vació, dentro del cual tuvo que pasar una larga noche en la que el castañeo violento de los dientes le impidió cerrar los ojos. En su cabeza explotó la carga de la Vieja Guardia en Waterloo, aniquilada por la caballería prusiana. Granaderos, coraceros, dragones, coronados todos por los ángeles de la victoria en Austerlitz, Wagram, Borodino, Ulm… yacían en el barro con sus cuerpos esparcidos entre banderas, estandartes y águilas imperiales. Recordó la última tarde cuando antes de que la batalla comenzara, pidió una montura, la del coracero Ricard, y galopó delante de los erizados cuadros ingleses que esperaban pacientes a la caballería imperial. Soltó las riendas, extendió los brazos y se ofreció a una prudente distancia, como prueba de tiro a los ofendidos ingleses. El caballo de Ricard galopó reunido, imponente, a pesar de que las riendas colgaban a los lados de su cuello, y cuando hubo recorrido la longitud del cuadro, se paró desafiando la puntería de los mosquetones ingleses. Boniface oyó el silbido de un proyectil impaciente cerca de su cara.

¡Fils de la putain! Gritó lo más alto que pudo. Y volvió riendo ante el clamor de los coraceros que seguían sus andanzas. La grandeur de la France.

Trufa se apoyó en su pierna y el calor del cuerpo del pequeño animal, devolvió a Boniface Pepineau al azul del mar y a la figura lejana, pequeña, de un hombre en el mismo arrecife.

Tierra yerma en la que los árboles no crecían, las vacas no parían y los hombres no amaban, donde los reyes del mundo habían confinado al ciudadano Napoleón Bonaparte, a la que él, granadero del Emperador, le había seguido, aquella maldita isla en mitad del infierno dibujaba los límites en los que el corso enfermo se estrellaba contra el mar.

Boniface retiró el cabello de sus ojos, el pelo que el viento obstinado parecía querer llevar a su pueblo de la Provenza.

Miró a su Emperador y Boniface Pepineau lloró, aunque esta vez el pelo no le había rozado los ojos.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Relatos. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s