“Cuentas de marfil”

Desnuda… solo con un collar de cuentas de marfil.

Fue en la barra de aquel bar cuando ella se acercó y le contó al oído lo que no hubiera pensado nunca que una mujer le podría decir. Al principio se disgustó, no estaba acostumbrado a aquel lenguaje bárbaro, ni a que una mujer tomara la iniciativa. Hasta entonces no había reparado en la forma tan especial en que ella pronunciaba las eses que ahora silbaban en su lengua y cosquilleaban en sus oídos. A veces sentía en la oreja la suave presión de sus labios y la humedad de su voz. Había bebido y su aliento ardía, como ardía él. Cuando pareció que había terminado de hablar, giró la cabeza y la miró sorprendido. Ella sonreía con una mueca descarada, desconocida, segura de lo que estaba haciendo. Los ojos delataban cierto exceso de alcohol y su boca entreabierta mostraba los dientes apuntalados por una lengua rosada y húmeda.

Ella le acercó su boca, hizo que los labios se tocaran, la abrió levemente y tras breves segundos expulsó por la garganta el poco aire que aún retenía. Sintió que aquella mujer se convertía en agua.

No sabía cómo comportarse. Ni en sus ensoñaciones más perversas, las de aquellas tediosas tardes en que ausente, la miraba ensimismado, podría haberla imaginado tan cerca y rotunda como lo hacía ahora.

Ella estaba de pie frente a él, que permanecía sentado en una silla alta de la barra. Notaba la presión de sus muslos y no pudo por menos que posar una mano en su cadera, por dar la sensación de un acoso consentido. Cada dedo se dotó de una inteligencia propia. Aquella mano no se podía mover ni un milímetro, ya que temía que si lo hacía, no podría parar su avance y recorrido sobre las carnes de aquella mujer.

En su brazo notaba el descarado empuje de los pechos. Conocía su tamaño, su forma, el modo en que vibraban cuando bajaba las escaleras… pero nunca los había sentido así, agresivos, dueños de todo el espacio que les rodeaba.

Vámonos, le pidió ella. ¿Estás segura? Vámonos, ordenó.

Su mujer nunca recordó haberse comportado así. Pero él, desde aquel día, jugaba a imaginarla desnuda con un collar de cuentas de marfil.

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2 respuestas a “Cuentas de marfil”

  1. el presley dijo:

    Pues yo creo que ya que había confianza debía comprarle ese collar de cuentas de marfil. No es bueno en el sexo quedarse solo en la ensoñación.

    Bueno. Me gustó tu microrelato. Tiene una buena carga erótica que he visto, ensayas de vez en cuando. (en tus relatos)

    Saludos.

  2. Me quedo con la copla, con la de los ensayos digo.

    Yo sí se lo regalaría. JAJA

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