“Luz negra”

Quizás sea la habitación más oscura de la ciudad. El sombrero y la gabardina cuelgan abandonados junto a la puerta. La oscuridad pesa sobre la humeante ciudad de asfalto, funde los marcos de las ventanas… escribió Dos Passos. La débil luz blanca que llega a la habitación, acaricia cansada los objetos de la mesa, el cenicero y el encendedor, y juega enamorada con el humo que desprende un cigarro. Cuando alcanza asustada el revólver, delimita con líneas blancas la longitud del cañón, la varilla del extractor y las hendiduras del cilindro.

Por la ventana abierta entra una brisa tibia. Mueve ligeramente las cortinas y se sorprende al descubrir un hombre sentado. Mira ensimismado, tras la danza de la tela con el aire, las luces que revienta la oscuridad, que exprime la oscuridad, diría John. La brisa trae los ruidos de la calle, las pisadas, los semáforos, el ir y venir de la vida. Todos ignoran que se encuentra allí. Nadie sabe que está allí.

Él puede ver la esquina de la farmacia Silbers, con sus dos lámparas, roja y verde, y los paquetes azules. El interior del local donde una mujer con sombrero amarillo, la única mujer con sombrero amarillo de la ciudad,  sentada en una mesa redonda de mármol blanco, sostiene y no bebe una taza de café. El abrigo verde, entreabierto, permite respirar a la piel de su pecho. Tiene frío, sólo se ha quitado un guante, el de la mano que sostiene la taza. En el centro de la luna, tras la mujer, y bajo el reflejo infinito de las mil luces del techo, una copa rebosa de flores rojas. En la mesa hay dos sillas, y aun así, mira su taza de café sin levantar la vista.

Si él estuviera en el bar podría ver que por algún antojo de la luz, una oscuridad continua rodea a la mujer en el cristal que hay tras ella. Es la misma luz negra que le rodea a él, la luz de la soledad. Pero en su caso no es un capricho de reflejos en el cristal.

Está solo. De hecho, es la única palabra que distingue en su cabeza. Solo.

La lumbre del cigarro ilumina su cara, desafiando la luz negra, rasgándola en el contorno de sus labios, de sus cejas, de su nariz. Si la mujer mirara hacia arriba, más arriba que la luz que salta en el asfalto, que juega en los charcos, la misma luz que colorea toneladas de cielo, vería al juez Gallagher en la habitación, y seguramente reconocería sus rasgos, su cara publicada en los periódicos.

Sería más difícil que reconociera en sus ojos el reflejo del frío acero del revólver, en sus labios el suave color nidrio del miedo, en la piel cárdena de sus manos, el temblor que da la determinación de la muerte.

Pero la mujer no mirará hacia la ventana del juez. Ella acabará su café, se abrochará el abrigo, vestirá su mano desnuda, y se irá con pasos dulces. El ruido de la puerta del bar le impedirá oír una detonación que habría confundido con el ruido de una persiana.

La calle absorbe a la mujer, y poco a poco su sombrero amarillo y el movimiento de sus caderas desaparecen entre los reflejos de los arcos voltaicos en los coches, aquellos arcos que derramaban leche brillante en las novelas de John.

Mientras, en la habitación oscura descansa el juez Gallagher. El revólver descansa en su mano, que cuelga del brazo de la silla. Una gota gruesa, también caliente, discurre por el cañón. Y cae.

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