“Albahaca y limón”

Aquella tarde te había seguido por las calles estrechas de mi pequeña ciudad. Te vi por primera vez mientras recorrías el mercado improvisado de puestos con flores secas, colonias frescas de higo y ajenjo, encurtidos, manteles de telas de colores y cuantas cosas inútiles y deliciosas puedan exponerse en un mercado, una calurosa tarde de septiembre. Recuerdo que sonreí cuando oliste los jabones de lavanda, albahaca y limón. A mí tampoco me gusta el pachuli. Me pareció divertido saber más y anduve tras de ti.

Abandonaste los toldos blancos y las banderitas tricolor, para salir al cielo azul que arrojaba todo su calor sobre el suelo de piedra antigua. Te mojaste el cuello en la pequeña fuente que refresca la entrada de la iglesia, te giraste para mirarme y mi cara de estupor te obligó a sonreír y a reconocerme. No sé por qué te hablé ni lo que te dije, pero estuviste de acuerdo en que te acompañara y te mostrara Folcalquier. Cuando caminábamos por la rué de la Charité, hacia la Citadelle, te sentaste para descansar en el pretil que formaba una esquina. Tus zapatillas de color berenjena y tu pies morenos contrastaban con el discontinuo gris de los cantos rodados que formaban el suelo de la calle.

El sol te iluminaba la espalda, y la luz y yo jugamos a enredarnos dentro de tu amplia camisa blanca, casi transparente, entrelazando las sombras con la carne y el ansia.

Entre miradas y juegos, llegamos a Le Saigon. Te había contado que lo invade el ruido del agua de la fuente y que el humo de los cigarros se estanca en sus mesas huyendo de la brisa que baja por la calle hasta la plaza.

Bebimos, hablamos y reímos hasta tarde con Jean Marie, que nos sirvió los últimos gin-tónic sin ni siquiera pedirlos. La noche llegó a la plaza y el calor que subía ahora del suelo al cielo, calmaba los pasos que nos llevaron a casa.

Han pasado ya varios días; amanece y tu pelo estalla sobre la almohada blanca como una medusa en el aire. La vieja contraventana apenas impide que la luz se filtre, casi horizontal, en la habitación. Duermes tranquila y mientras respiro el olor de tu pelo, dibujo con el dedo en tu piel, mudo y letra a letra, todo lo que me gustaría poder decirte.

 

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