“Ruidos en la tierra”

Caminaba absorto por la calzada de la calle mientras la tierra temblaba y escupía de sus entrañas la masa hirviendo por la presión de las bombas. Los muros de las casas caían como juguetes que se desmoronan mal construidos.

El silencio sólo estaba en su pobre cabeza.

Miraba el mundo demolido sin inmutarse ni aparentar miedo ni sorpresa. No oía el rugir de los aviones sobre la ciudad, el silbido siniestro de los proyectiles al caer, las pequeñas explosiones de  sus balas rebotando en el asfalto.

Quería distinguir el grito de los niños que salían corriendo de los portales, protegidos inútilmente por los ropajes negros de sus madres. Sentir el ladrido aterrado de los perros que giraban sobre sí mismos a cada estruendo. Pero no podía oírlos.

En una nube de polvo y gases, un caballo bufaba despavorido arrastrando un trozo de la carreta de la que hasta hacía poco había tirado. El pobre y desesperado animal, con la piel humeante por el fuego que le mordía el lomo y la crin, intentaba trotar a pesar de que una de sus manos colgaba rota a la altura del corvejón, en una posición siniestra, imposible. Alargaba la cabeza chillando al cielo la aberración que producía el caos sobre la tierra.

Pero no podía oírle.

Aterrado, andaba seguro de llegar a alguna parte con extraños pasos vacilantes. La noche debía pasar, tenía que llegar el siguiente día, tenía que vivir.

Fue entonces cuando un golpe en el pecho, demoledor, sordo, lo tiró.

En el cielo pudo ver las luces de los cientos de aviones que pasaban tapando el brillo de las estrellas temblorosas. Entonces el silencio lo absorbió todo.

No supo el tiempo que pasó hasta que llegó la luz del día. Pudo oír el silencio de la ciudad. No era sordo como el de la noche sino estremecedor. Oyó el gemido de un perro que se acercaba a él y sintió la humedad caliente de su lengua buscando el sabor salado en su piel. De los restos de un edificio que mostraba impúdico las habitaciones y estancias de sus habitantes, caía un reguero de agua que, inocente, apagaba los restos de un pequeño fuego.

El viento llegó a sus oídos. Silbaba, era tibio y olía a humo. Pequeñas voces y quejidos se iban despertando con la llegada de los primeros rayos de luz. La gente salía cauta de los refugios y de los sótanos de los edificios demolidos. Una mujer gritaba el nombre de su hijo desaparecido exigiendo que saliera de donde pudiera esconderse. El enojo la protegía de la certeza desesperada de que su hijo no podría volver a oírla.

Se tocó el pecho y sintió frío. Un anciano pasó a su lado y se llevó la mano a la boca. No pudo seguirle con la mirada, tenía mucho frío. Descansaría y después se levantaría para ayudar a los demás. Un poco de tiempo, sólo un poco … sólo un poco de tiempo más.

De repente ocurrió algo sorprendente: el caballo que hasta hacía poco estaba tumbado cerca de él, y que bufaba resignado, consiguió levantarse. La mano rota se apoyaba firme en el suelo y el caballo la golpeaba contra él rítmicamente, piafando desafiante y alegre. La horrorosa quemadura de su grupa había desaparecido, su cuerpo parecía brillar a cada cabriola que el caballo ensayaba, mientras la crin suelta, volando a paso de galope, le volvía cada vez más hermoso a sus ojos.

Y los cerró.

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