“Luces de Navidad”

Para él la Navidad era una fría mañana de diciembre de hacía ya muchos años, en la que un bote de jabón de lavadora, una nube de algodón, cartulina roja y alguna verdura con forma de nariz, le sirvieron para fabricar el mejor Papá Noel que recordaba.

También hoy era Navidad pero el frío que sentía en los pies no tenía nada que ver con la cálida imagen de su madre, ayudándole a componer el muñeco barbudo. Tampoco las caras cubiertas de los hombres que le acompañaban, iluminadas de calada en calada por la lumbre de sus cigarros, se parecían a las de sus hermanas cuando, intermitentes, las luces del árbol tintaban de mil colores las paredes de su diminuta habitación.

No se miraban entre ellos por temor a que los otros descubrieran lo que todos sentían, pero a veces el miedo se traspira. Esperaban agazapados junto a la puerta del mercado de abastos, en el único lugar en que quedaban ocultos del guarda de seguridad. Eran las cinco de la mañana y los camiones de suministro llevaban hora y media entrando y saliendo del recinto. Mercedes, rojo, matrícula de Lugo… el jodido no aparecía.

Algunos camiones habían convertido sus cabinas en pequeños burdeles, con luces de colores, guirnaldas y muñecos colgantes. Recordó su casa de niño: los villancicos, el musgo del belén, el olor de la cocina y su madre operando entre inusuales cantidades de comida.

El único ruido que oía ahora era el de la cercana autopista que ya rugía a esas horas de la mañana. Había comenzado a llover y el agua les empapaba el pelo y la ropa. Pero debían esperar. La humedad, desde el suelo, atravesaba las botas y los calcetines de trabajo; sentía el frío del metal atado en su cinturón a la altura de la ingle, pero aquél no congelaba el alma como lo hacía el miedo a que todo saliera mal. La operación era sencilla, tan sólo tenían que hacerse cargo de una caja grande que el camión transportaba. Mulero, como había oído decir, en eso se había convertido.

Las gotas de lluvia resbalaban por su cara; el maldito camión tenía que haber aparecido ya. Miró a sus compañeros: los semblantes serios, preocupados, blancos por el resplandor de las luces lejanas y la ausencia de calor. Aquella caja que esperaban se iba a convertir en su pasaporte a una vida menos miserable; alquilaría una vivienda, recuperaría la que había perdido, sus hijos podrían estudiar y su mujer le volvería a querer.

No supo qué le hizo sacar el revólver y encañonar al mundo, ni siquiera si fue el primero de todos sus compañeros en hacerlo. Coches de policía llegaban por todas partes. Se vio dirigiendo el arma con los brazos extendidos a un círculo de focos y de invisibles policías, del que ellos eran el centro. Una voz metálica, atronadora, les ordenaba tirar las armas. Todos se juntaron, ganando beneficio al miedo, hasta convertirse en un nudo de brazos armados.

No pudo ver cuál de sus compañeros dejó el arma en el suelo y se colocó boca abajo. Cuando al girar no golpeó a ninguno de ellos, supo que era el único que quedaba en pié. Él no podía hacerlo, le estaban esperando, esto no podía salir mal. Desde el suelo le pedían que dejara la pistola, que aquello se había terminado. Suéltala, imbécil, o te reventarán.

Él sólo veía las sirenas de los coches que giraban rojas y azules, intermitentes como las luces del árbol de Navidad. Que la sueltes, joder.

El ruido que siguió al movimiento de su dedo, le recordó, en el breve instante de una danza macabra, al sonido de los petardos de aquella mañana lejana de diciembre.

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