“También sus labios eran rojos”

No era habitual que en el bar de Tom entrara una mujer con el pelo y el vestido del mismo color. También sus labios eran rojos. Se habían sentado al fondo del local, donde Tom ya había ordenado las sillas; siempre lo hacía para anunciar que el Phillies cerraba sus puertas, o al menos que él quería hacerlo.

Con la mujer llegó un tipo de sombrero y traje gris. Jugueteaba con un cigarro apagado mientras la pelirroja se miraba los dedos como si en ellos hubiera aparecido una extraña criatura. No hablaban; seguro que no hablarían en toda la noche. Pude ver los ojos del hombre cuando trataban de enfocar al rubio Tom para pedirle lumbre para su cigarrillo. Abrió la boca pero sólo pudo hacer eso, ni siquiera la cerró.

Yo llevaba tiempo sentado, el suficiente para vaciar cinco vasos de güisqui con los que jugaba haciendo circunferencias húmedas sobre la madera. La gracia, si es que aquello tenía alguna, era que debían ser tangentes; aquella noche estaba dispuesto a llenar toda la barra con ellas. Muddy Waters me ayudaba con su “Rollin´Stone”.

Era la hora en que la calle y las ventanas de las casas quedan oscuras, el frío es húmedo y la luz del Phillies y la de la única farola de la esquina atraen a los tipos raros como los focos de un mustang a los insectos de un pantano.

Hacía unas horas que había dejado a Molly en el restaurante. No me sentía orgulloso ni era de las cosas más valientes que había hecho nunca. Sí, Molly, ahora vengo, espérame, le había dicho. Me levanté de la mesa, le sonreí sin soltar el cigarro de mi boca -de otra forma no hubiera dibujado aquel esbozo de sonrisa- y me dirigí a la salida. Cogí mi sombrero y sin mirar atrás salí del local.

Molly es una buena chica y se merece algo mejor que un canalla que no puede dejar de mirar a cualquier pelirroja que entre de madrugada en un tugurio como el de Tom. Por cómo me miraba, ésta sí debía merecerlo.

Mientras Tom limpiaba el bar y ordenaba por tercera vez todas la sillas, saleros, pimenteros, servilletas y cualquier cosa que pudiera moverse, decidí que aquella noche de noviembre era demasiado fría para pasarla solo. Su acompañante aún no había cerrado la boca cuando me levanté y saludé a la mujer pasándome los dedos por el ala del sombrero.

El sonido de sus pasos sobre la tarima recorrió todo el local, seguidos de la mirada de Tom. No me giré cuando me alcanzó el tac-tac de sus tacones, pero distinguí su perfume y despertó en mí el ansia del calor esperado. Recuerdo la sonrisa que me dirigió desde la puerta pidiéndome que se la abriera. Buenas noches, Tom, creo que es hora de que cierres el bar. Buenas noches, Sam.

Cuando salimos a la calle reparé en un hombre que sostenía unos folios sobre una carpeta. Con un lápiz trazaba unas líneas sobre el papel mientras levantaba la vista en golpes cortos, mirando la gran cristalera del Phillies. Espera, encanto, no te marches. Me acerqué al hombre y miré el papel.

El semáforo golpeaba con el cambio de luz cada treinta y siete segundos. Los mismos que estuve mirando el dibujo en el que yo aparecía de espaldas, parecía sereno, la mujer se miraba los dedos y al borracho aún no se le había caído la mandíbula. ¿Cómo te llamas chico? Hopper, señor, Ed Hopper. Está bien, Ed, gracias por no dibujar los cinco vasos. No los veía señor.

La calle estaba vacía. Cuando me marchaba con la pelirroja colgada del brazo, lo último que oí fueron los golpes del semáforo y las voces del hombre del sombrero gris llamándola desesperado.

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2 respuestas a “También sus labios eran rojos”

  1. Elvira dijo:

    Ya te veía como a un personaje de cine negro americano. 🙂 Estos cuadros de Hopper dan mucho de sí, has creado toda una escena.

    Saludos

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