“El alfil y el peón”

En un café antiguo de mesas de mármol blanco y sillas de madera, cada tarde a la misma hora, cuando las luces brillantes de la ciudad comienzan a decorar las calles, el viejo se sentaba en el frío asiento cercano al ventanal. Su cabeza adusta, de calavera literaria, se inclinaba sobre la mesa con una taza de café y un vaso de agua. Desplegaba con parsimonia un ajado tablero de escaques amarillentos, movía sus labios temblorosos como quien implora una antigua oración y ordenaba los treinta pequeños trebejos que no habían podido escapar de la caja de madera oscura, como lo hicieron aquel día, un alfil y un peón blancos. Dirigía emboscadas, enroques, cargas de peones, liberaba caballos rampantes sobre fuertes corvejones y ollares desorbitados, protegía al débil rey en su camino hacia el centro del tablero, en un intento desesperado de ganarle el tiempo a su compañera, la soledad.

Adquirí la costumbre de asistir a la estéril batalla que el anciano libraba día tras día. Cuando sus afilados dedos movían una pieza, miraba al frente con ojos vacíos en un gesto que desafiaba al mundo y a la cordura. No era mucho mayor que yo, pero su barba mal recortada y su ropa antigua de paño grueso y hombreras anchas, le otorgaban un aura de décadas pasadas. A veces, recaía en una persona cualquiera, la camarera con su bandeja o un niño corriendo, y los miraba sorprendido con la mandíbula descolgada, y asustado, mantenía impertérrita la cabeza, temeroso de que al girarla comprobara que le rodeaba la realidad.

Los gestos de su cara, tiernos e infantiles, desprovistos de maldad, me cautivaban como siempre lo habían hecho el movimiento del mar, la energía de una hoguera o un juego infantil. Sus ojos henchidos, cubiertos con un velo gris, se asombraban con la ternura con que lo hacen viejos y niños. Contemplaban las batallas más cruentas que existieron, los sacrificios de héroes legendarios, los crímenes más perversos en nombre de un rey.

No siempre terminaba la partida. Llegada una hora, se levantaba de su silla y abandonaba el café con la misma tristeza con la que había llegado. Sus movimientos eran torpes aunque vencido el primer impulso que lo ponía en pie, no había en su figura de hidalgo, rastro alguno de dolor mayor que la soledad que le acompañaba.

Una tarde, el viejo parecía sufrir una pesadumbre que se traducía en unos inusuales movimientos de manos, y en la precipitada manera de beber su vaso de agua. Era tal su desazón que no pude evitar acercarme hasta él e interesarme por su inquietud.

– Perdone, señor, me ha parecido que necesitaba algo …

El pobre anciano me miró como si en su mundo de fantasmas hubiera aparecido una temible persona real. Fue entonces cuando sus agitados dedos desplazaron la caja y las figuras, torres y reyes, cayeron al suelo.

– No se preocupe y esté tranquilo, yo las recogeré.

Me incliné como pude, y recogí todas y cada una de las piezas, que fui colocando sobre el tablero lo más ordenadamente que pude, intentando conjurar el creciente nerviosismo del pobre hombre.

– El alfil… no… y un… -balbuceaba temeroso como quien no se explica algo terrible que ha sucedido.

Faltaban dos, un alfil y un peón blancos. Disimulé buscándolas por el suelo, incluso parodié salir a la calle por ver si la fortuna me ayudaba a tranquilizarlo. Las dos piezas hacía tiempo que se habían escapado de su vieja caja, cansadas de los absurdos juegos del anciano contra sí mismo.

Traté de consolarle y hasta le propuse regalarle otro juego que no aceptó.

Se levantó y esta vez se fue del café con la mayor tristeza que sus hombros podían cargar. La soledad le envolvía en un halo que teñía su cabeza rala de una dulzura conmovedora. Dejó sobre la mesa el pequeño tablero de dameros más o menos oscuros y las treinta huérfanas, más inservibles ahora que nunca.

Al día siguiente no acudió a su cita. Pregunté a la camarera por él, pero para mi sorpresa, ella nunca había advertido la presencia del viejo.

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