“La arruga”

Yo no quería a aquella mujer. Ni a ella ni a ninguna. El orden nunca llegó a mi vida.

Todo empezó, hacía muchos años, en un intento infantil de contentar a mi familia: mi madre, mi tía Luisi, hasta mis hermanas, se tranquilizaron el día que supieron que tenía algo parecido a una novia. De su mente se esfumó, como los hacen los malos presagios, una idea vaga, confusa, aterradora, sobre mis tendencias afectivas: el chico es normal, pensaron aliviadas, en esto al menos es normal. Como si la normalidad fuera un preciado bien. ¡Cuántos errores evitaríamos si de una vez por todas reconociéramos que nadie es normal, que la gente normal no existe!

Agradecí su alivio. Las muestras de cariño, que hacía tiempo no recibía, ahora se me prodigaban con reconocimientos afectuosos a aquella relación escuálida y yerma. Por un tiempo me reconforté comportándome como los demás esperaban de mí. Yolanda, así se llamaba el algo, era una buena chica y aunque en absoluto me divertía con ella, no complicaba la extraña situación. Respetaba mis improvisadas ideas sobre la castidad antes del matrimonio, toleraba despreocupada injustificadas ausencias e incluso no veía mal que cada primavera hiciera sin ella un viaje con amigos, plural que utilizo tan sólo porque fueron varios viajes.

Fue todo tan cómodo que finalmente ocurrió lo que se esperaba de nosotros. La fiesta de la boda, alegre para todos, pasó como un relato breve ante mis ojos inundados de alcohol. Sin saber por qué, reí y bailé. Bailé hasta el final, cuando me encontré tirado en la cama del hotel, con Yolanda desnuda, de rodillas frente a la cama, con la boca abierta y asiendo triunfadora mi polla erecta.

La niña se llamó… da igual su nombre, no merece la pena. Ha pasado el tiempo y con él, la vergüenza. Yolanda no toleró que siguiera haciendo viajes con mi amigo, mucho menos que mi pene traidor no la reconociera nunca más después de aquella noche. Lo inevitable, el horror, llegó el día que una carta del banco anunció el fin de la hipoteca de nuestra vivienda. Habíamos comido y estaba en el cuarto de baño enjuagándome la boca. No pude menos que mirarme en el espejo. Descubrí una arruga larga, profunda, bajo el ojo derecho. Hice un gesto intentando borrar aquella llaga que no era de mi cara, que no me pertenecía. Pero allí estaba, insolente, firme y segura después de varios años de estiramientos y contracciones, de risas y asombros. La miraba y veía deformada mi cara y me asqueó pensar en la intrusa que me acompañaba sin darme yo cuenta.

No sé por qué. No he entendido nunca la relación entre el descubrimiento de mi arruga, el vencimiento de la hipoteca y lo que sucedió más tarde.

Yo no quería a aquella mujer. Nunca la quise.

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2 respuestas a “La arruga”

  1. Ana del grupo de la Alhóndiga dijo:

    “Yolanda desnuda, de rodillas frente a la cama con la boca abierta y asiendo triunfadora mi polla erecta” : me parece un poco fuerte para “una buena chica que respetaba ideas sobre la castidad”
    Ana, del grupo HO.

    • azukarillo dijo:

      Lo sé, pero Yolanda iba a lo que iba y quizás intuía que era su única oportunidad de abrir su particular hipoteca. Todo el cuento es un poco fuerte, pero es que leyendo los periódicos a uno le salen estas historias. Un saludo, Ana.

      ¡Y bienvenida al blog!

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