“Por una causa justa” Vasili Grossman (8)

La razón de aquel bombardeo incesante no era otra que socavar el ánimo y la voluntad de los soldados. La potencia del fuego enemigo irrumpía en el alma de cada combatiente, la atravesaba sin que importara la profundidad y la solidez de su refugio, llegaba hasta nervios que ningún bisturí alcanzaría, penetraba por el laberinto del oído, a través de los párpados entornados y de las fosas nasales, conmocionaba el cerebro, trastornaba la mente.

Los cientos de combatientes del batallón yacían envueltos en humo y niebla, a solas consigo mismos, sintiendo, con una soledad inusitada, la infinita fragilidad de su cuerpo, conscientes de la amenaza de desaparecer en cualquier momento, para siempre. El fuego huracanado del enemigo pretendía que cada hombre se concentrara en su propia soledad, que se aislara de los demás, que dejara de oír la voz del comisario en mitad del estruendo del bombardeo, de ver la figura del comandante en mitad del humo, de sentir el nexo que lo unía con sus compañeros y así, terriblemente solo, tomara conciencia de su debilidad. Aquel bombardeo que deformaba la memoria y confundía los pensamientos no duró un segundo ni unos pocos minutos, sino que se prolongó durante dos horas.

Un recuerdo en apariencia fugaz y fortuito brotó en la mente de Kovaliov : una mañana temprano, una muchacha con una cicatriz rosada en el brazo -la marca de la vacuna contra la viruela- aclaraba unas sábanas en el río, retorciéndolas y golpeándolas con fuerza en una tabla de madera oscura y resbaladiza. Cada golpe resonaba con un eco múltiple, el agua se agitaba centelleante y los ojos de la joven dirigían breves miradas de enojo a Kovaliov mientras en sus labios entreabiertos se dibujaba una media sonrisa. Cuando la chica se agachó y volvió a erguirse, él reparó en la ondulación de sus pechos; ella desprendía el aroma de la hierba joven y el agua fresca, su cuerpo irradiaba la calidez de la vida. Se daba cuenta de que él la devoraba con los ojos, y aquello la agradaba y la incomodaba a la vez; pero él le gustaba, y le extrañaba que fuera tan joven, y su propia juventud la hacía reír.

El maravilloso verdor de la sementera joven y pura contrastaba con la tristeza de los campos otoñales, la hierba que se había vuelto parda, las ajadas hojas rojas y amarillas de los álamos temblones y de los abedules. Aquel verde intensamente brillante era lo único que había nacido en el marchito mundo otoñal del aire frío, de las canas del veranillo de San Martín, de las nubes preñadas de copos de nieve suspendidas aquí y allá en el vacío azul de la bóveda celeste. ¿Acaso podía compararse con aquella juventud el verde polvoriento y ahumado de los abetos viejos y huraños que extendían sus pesadas ramas sobre el camino?

De pronto una ráfaga de viento helado hizo que el trigo volviera a agitarse, como embargado de congoja y terror.

María Nikoláyevna se enderezó y miró los campos segados y sin segar, la franja ancha y oscura de un bosque a lo lejos … El aire infinito, de un intenso gris azulado, era frío y diáfano, pero la belleza de los campos y los sotos iluminados por un sol brillante no brindaban paz y calor a su alma.

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