El abrazo

Comenzaba la primavera y la primera luz del día, reflejada en la superficie metálica del vagón, proyectaba en el suelo terroso que bordeaba las vías del tren, una procesión trémula de luces imaginarias.

Los cristales sudaban los vapores ácidos del sueño de la noche. El aire lóbrego del interior del compartimento se alimentaba de las respiraciones y de las miradas temerosas.

Una mujer que sostenía el pequeño cuerpo de una niña, miraba sin ver, el aire oscuro cada vez más visible del furgón. El hombre que las acompañaba sostenía con fuerza las hojas de un periódico viejo, con un gesto que resumía una historia de resignación y de rabia contenida.

Todos callaban. En los tiempos de silencio las voces se escuchan en el interior, donde las conversaciones son tan locuaces como lo eran en los bulliciosos cafés de antes de la guerra.

Todos huíamos. Del odio, de la furia, de las miradas ajenas, de los demás.

Me protegía el abrigo de paño que hasta hacía poco había sido elegante. Con los cuellos levantados, el forro arrancado para no despertar codicias ajenas, me protegía la cara sin afeitar en las dos últimas semanas. En el bolsillo, la documentación, y una llave que como un talismán me unía con aquellos momentos, todavía cercanos, en que lo normal era una casa y una vida sin sobresaltos. Allí estarían mi mujer y mis dos hijos, angustiados por el imperdonable retraso. ¿Cuándo me podría poner en comunicación con ellos, cuándo podría volver a abrazarles?

La hilera de tilos anunció la cercanía de la siguiente estación. Nos miramos sin hablar, sabiendo que la angustia no se elige. ¡Pobre niña! Se despertó sintiendo a su madre estremecida al decrecer el ritmo del ferrocarril. En el pasillo se sucedían los traslados urgentes de última hora. Una mujer se detuvo en la puerta girándose hacia atrás, abrazando al hombre que la seguía. Se miraron con un gesto desesperado que imploraba escapar de aquella situación. Un beso corto pero intenso, con fuerza, escupido, y se separaron.

Los soldados en el andén eran numerosos. Su confianza, sus ojos escrutadores, contrastaban con los pasos humillados de los civiles que cargados con maletas viejas y fardos abultados circulaban dejando espacio alrededor. Sus miradas desafiantes atravesaban uno a uno los cristales del tren, ahora que paraba. Como en la estación anterior, y en la anterior y en la que estaba antes de la anterior, inspeccionaron todos los vagones. A todas las personas dentro de los vagones. Un soldado joven, con una autoridad que nunca antes hubiera imaginado tener, escrutó nuestro habitáculo deteniéndose por un momento en la mujer con la niña para después herirme con su lacerante mirada. Una vez más, la documentación. Solté la llave, mi único recuerdo de aquella otra vida con normas que exorcizaban los demonios del hombre. Conté una a una las fracciones de segundo que pasó el soldado con mis documentos en la mano. Me miró. Un fluido caliente invadió mi estómago camino de la cabeza. Cerró el pasaporte y dirigió la mirada hacia el pasillo. Iba a abrir la boca cuando la niña, que se había levantado, se dirigió hacia mí y me besó en un abrazo que no pude evitar.

El soldado se giró brusco cuando intuyó el movimiento. Aliviado al comprobar que era la niña colgada de mi cuello, pareció confuso ante la escena fuera de lugar. Miró a la mujer y le preguntó si era mi esposa. Con un movimiento de cabeza y los ojos vidriosos ella extendió hacia mí una mano que me salvaba del abismo de la locura. El soldado miró al otro hombre, su verdadero marido, que contemplaba la situación todavía sujeto al periódico. Iba a decirle algo que disimulara su contrariedad y reafirmara la autoridad que en ningún momento estaba dispuesto a perder, cuando oyó el silbato del capitán que daba por concluida la inspección. Liberado él también de la responsabilidad, me miró por última vez antes de salir del furgón.

Gracias, le dije a la mujer, muchas gracias, mirando a su marido. La niña se recostó de nuevo en su madre. Le sonreí. Aún sentía en el cuello su abrazo templado. No consideré necesario agradecerle el gesto. Ella sabía lo que había hecho.

El tren comenzaba a moverse. Habría más estaciones.

No pude ver bien las últimas imágenes de los soldados ni la estación con la hilera de tilos. Me resistí a secarme las lágrimas de los ojos.

No he dicho que iba sentado mirando hacia atrás, hacia el espacio que íbamos dejando entre ellos y nosotros. Y hacía mal, porque en la huida siempre hay que mirar al frente.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Relatos. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a El abrazo

  1. Javi&Palace dijo:

    Realmente narras de maravilla amigo, es un gusto poder leerte.

    Dí contigo a través del Blog de Dakota D Journal, un amigo mío cuyas fotografías hacen que te falte el aliento cada vez que las miras.

    Un placer, te iré leyendo.

    Un abrazo. Javier

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s