“Por una causa justa” Vasili Grossman (5)

– Sólo son unos aviones que han conseguido llegar aquí por casualidad; ya veis, ni siquiera ha sonado la señal de alarma.

Acto seguido, la sirenas de la defensa antiaérea, de las fábricas y de los barcos, empezaron a entonar su sombrío aullido. Aquel sonido arrebatador, augurio de desgracia y muerte, se cernió sobre Stalingrado expresando la pesadumbre que se había apoderado de su población. Era la voz de la ciudad entera, de sus habitantes, de sus edificios, coches, adoquines, postes, la hierba y los árboles, de los parques, cables, raíles de travía. Un alarido que unía a cuanto había de vivo y de inanimado en Stanlingrado en el presentimiento de su destrucción. Sólo una garganta de hierro oxidado habría podido emitir aquel sonido que expresaba en igual medida el horror de un animal y la angustia de un corazón humano.

Luego sobrevino un silencio, el último silencio de Stalingrado.

Las curvas de las cañerías, las vigas de hierro de los techos y los manojos de cables quedaron a la vista. Montones de ladrillos rojos, envueltos en nubes de polvo, se acumulaban sobre las calles. Miles de casas se cegaron : los cristales de sus ventanas se habían cubierto con las relucientes escamas de las esquirlas que los estallidos habían desprendido de las aceras. Su onda expansiva hizo que los gruesos cables del tendido eléctrico del tranvía cayeran con gran estruendo y que las lunas de los escaparates se escurrieran de sus marcos como si las hubieran licuado. Los raíles se combaron y se desprendieron del pavimento. Por un capricho de la onda explosiva, un quiosco de contrachapado pintado de azul donde habían vendido gaseosa seguía intacto, lo mismo que una señal de hojalata en forma de flecha en la que se leía : “Cruce por aquí” y la endeble cabina telefónica que hacía brillar sus cristales. Todo aquello que desde siempre había permanecido inmutable -piedras y hierro- se había puesto en movimiento, mientras que todo aquello a lo que el hombre había impreso la idea y fuerza del movimiento -tranvías, coches, autobuses, locomotoras- se había detenido.

Una espesa nube de polvo se levantó sobre la ciudad y se fue deslizando río abajo.

Al sentir el calor y los temblores del terreno, unas ratas grandes, que tal vez no hubieran abandonado sus recónditos escondrijos durante años, salían de los sótanos de los almacenes de comestibles y de los graneros del puerto. Cegadas, aturdidas y desorientadas, se agitaban durante unos instantes para reptar luego, guiadas por el instinto y arrastrando sus colas y gruesos traseros de color gris, hasta el río, donde subían a las gabarras y barcos semihundidos atracados junto a la orilla, trepando por tablas y maromas. Perros de mirada enloquecida se precipitaban pendiente abajo para arrojarse al Volga, huyendo del polvo y del fuego, y, una vez en el agua, nadaban hacia Krásnaya Sloboda y Tumak.

Tan solo las palomas, unidas a sus moradas por una fuerza mayor que el instinto de supervivencia, revoloteaban alrededor de los edificios en llamas y, arrastradas por las corrientes de aire incandescente, perecían en el fuego.

Sin embargo, no fueron las llamas ni el polvo que envolvían las casas, ni tampoco los golpes que un martillo enloquecido descargaba en la piedra, en el hierro y en las gentes, lo que hizo que Zhenia comprendiera el auténtico y terrible sentido de lo que estaba sucediendo … Vio a una mujer mayor, pobremente vestida, que yacía en medio del bulevar con el pelo empapado en sangre; arrodillado a su ladro, mientras sostenía el cuerpo de la anciana, un hombre de cara redonda y vestido con un elegante impermeable gris decía :

– ¡Mamá, mamá, que le pasa, mamá, dígamelo, mamá, mamá!

La mujer le acarició la mejilla; entonces Zhenia tomó conciencia de todo lo que aquella mano arrugada, como si no hubiera otra cosa en el mundo, había querido expresar en aquella caricia : el cariño de una madre; la súplica de un ser tan desvalido como un recién nacido; el agradecimiento al hijo ya adulto, por su amor; las lágrimas; el deseo de confortarlo en su impotencia; el perdón de sus faltas; el adiós a la vida y las ganas de seguir respirando y viendo la luz.

Zhenia alzó los brazos hacia el cielo, rugiente y amenazador, y gritó :

-¿Qué estáis haciendo, criminales, pero qué estáis haciendo?

 

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