“Por una causa justa” Vasili Grossman (4)

 

                                       Vasili Grossman

 

La estepa está en silencio; al norte, donde los resplandores no alcanzan, la tierra y el cielo se funden en una oscuridad hosca e inquietante. El aire es sofocante. La noche no trajo consigo frescura, es una noche llena de zozobra, una noche de guerra en la estepa : cualquier ruido asusta tanto como el silencio, en absoluto tranquilizador. Las tinieblas que se condensan al norte aterran, horroriza el resplandor difuso y lejano, que cada vez se ve más cerca …

Un muchacho de diecisiete años, de hombros flacos, monta guardia en medio de la estepa empuñando un fusil, mientras espera y piensa, piensa, piensa … Si embargo, no es el miedo infantil como el de un pequeño pájaro perdido lo que le embarga; es la primera vez que se siente fuerte, mientras el aliento tibio de una tierra áspera e inmensa, a la que él ha ido a defender, lo llena de amor y piedad; se cree resuelto, valiente y ceñido, fuerte entre débiles e insignificantes, mientras la tierra a la que protege yace en la oscuridad, lastimada y enmudecida.

– Este tablón cruje -indicó Weller-, hay que poner aquí una alfombra.

El oficial subió aprisa y el tablón bajo sus pies volvió a crujir.

Was hat der Führer gesagt? (1) – preguntó Weller a un ordenanza joven que llegó jadeante unos minutos después trayendo una alfombra enrollada de grandes dimensiones.

El ordenanza escrutó el rostro severo del general. Dios sabe cómo, comprendió cuál era la respuesta que Weller esperaba oír.

Der Führer hat gesagt : Stalingrad muß fallen! (2) – respondió con firmeza el ordenanza.

Weller sonrió y caminó por la alfombra mullida. El tablón crujió de nuevo bajo sus pies con un sonido bronco y obstinado.

(1) ¿Cuáles fueron las palabras del Führer?

(2) El Führer dijo : ¡Stalingrado debe caer!

Aquélla era una rebelión contra la historia milenaria de la humanidad, un desafío al prejuicio humanista … Cuanto más débiles y desvalidas eran aparentemente sus víctimas, tanto más duro y arriesgado era procurar su destrucción. Sólo él, Himmler, era el único entre todos los camaradas del Führer que conocía la magnitud de la acción que había ideado y que, en el idioma del milenario y laxo prejuicio humanista, se llamaba asesinato en masa.

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