“Por una causa justa” Vasili Grossman (3)

En la enfermería, las manchas de la luz del sol se deslizaban, blancas y tibias, sobre el enjalbegado áspero de la pared. Encima de una mesita cubierta con un tapete había un tarro de cristal abombado con unas flores de la estepa dentro; un reflejo con los colores del arco iris, resultante del paso de la luz a través del cristal, temblaba sobre el tapete. Su pureza etérea eclipsaba el verde, el amarillo, el azul de las flores que habían brotado sobre la tierra polvorienta de la estepa.

Nadie en el mundo sabía con cuánta vehemencia amaba Grisha a sus padres. La terrible imagen de sus cadáveres después de un bombardeo, cubiertos con una tela de lienzo chamuscada que sólo dejaba ver la nariz afilada del padre, un pendiente blanco en la oreja de la madre y un mechón de su ralo pelo rubio, se fusionó para siempre en su mente con la de los dos mirándose, turbados y amorosos, aquella vez que Grisha había admirado las botas y la americana de su padre, el día que su madre vestía un vestido almidonado de color marrón, un pañuelo blanco y un collar …

No era capaz de compartir con nadie su pesadumbre ni tampoco de comprenderla él mismo, pero aquella angustia era insoportable. El recuerdo de los cuerpos sin vida de sus padres se mezclaba con el de sus rostros azorados y entrañables aquel Primero de Mayo del año anterior, formando un nudo en su pequeño corazón. Se le ofuscó el entendimiento. Comenzó a creer que si le dolía el alma, era porque su cuerpo se movía, articulaba palabras, masticaba y tragaba, de modo que se quedó quieto, paralizado por el sufrimiento que le había nublado la razón. Y aquello tal vez hubiera acabado con su vida, hubiera muerto en silencio, inánime por negarse a comer y asolado por el horror que le habían empezado a inspirar la luz, los correteos y el parloteo de los niños, el gorjeo de los pájaros y el viento. Cuando Grisha llegó al orfanato, los educadores y los pedagogos, por mucho que lo intentaron, no consiguieron sacarlo de su estado de estupor; ni libros, ni dibujos, ni arroz con leche y mermelada de albaricoque ni tampoco un jilguero enjaulado habían servido para revivirlo. La médica del orfanato ordenó que lo trasladaran a un hospital donde pudieran alimentarlo artificialmente.

La víspera del día en que Grisha debía abandonar el hospicio camino de una clínica para enfermos mentales, una de las limpiadoras pasó por la enfermería para fregar el suelo. Permaneció largo rato mirando a Grisha sin decir palabra y, de pronto, se arrodilló delante de él, apretó la cabeza rapada del pequeño contra su pecho y empezó a plañir como una aldeana.

– Ay, mi niño, no hay nadie que te consuele ni te haga caso …

La criatura, estremecida, rompió a gritar … La limpiadora lo llevó en brazos a su cuarto, lo sentó sobre la cama y se quedó a su lado la mitad de la noche. El niño habló, comió algo de pan y tomó té.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Recortes de libros. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s