“La farola”

Gracias, dije al camarero cuando posó la taza de café. El aire seco y templado de las ciudades mediterráneas atravesaba la plaza llevando de aquí para allá, entre callejuelas, el rumor ácido del puerto, el olor estridente del mar.

La gente atravesaba la plaza a paso rápido o deteniéndose a contemplar la imponente fachada de la iglesia barroca para la que había sido construida la plaza. Las mesas de la cafetería estrechaban el paso con sus ocupantes, que miraban a los que miraban.

Posé las gafas en la mesa. Como todos los hombres inspeccioné a mi alrededor para ver la gente que me rodeaba y los peligros que me acechaban. Nos tendrían que enseñar que el peligro lo llevamos dentro, nosotros, los hombres.

La plaza era pequeña y había poco tiempo para observar a las personas que pasaban. En cuanto llegaban, desaparecían de mi ángulo de visión. Apenas daba tiempo a imaginar su vida, a escrutar su gesto. Cada vez que veía sus últimas sombras, fijaba la mirada, durante escasos segundos, en una esquina antigua, descascarada, donde los rayos del sol llegaban de a poco iluminando la carcasa sucia de una farola.

El camarero entorpecía mi cacería de miradas. La terraza se iba llenando de gente. A mi lado llegó un anciano en silla de ruedas. Una mano en esqueleto, con dedos amarillentos, acostumbrado al gesto, sostenía un cigarro de ceniza larga. Con la otra aferraba el mando que gobernaba la silla motorizada. Alardeaba de su destreza, la de sostener la ceniza. Le acompañaba el que sin duda era su amigo. Llevaba una camisa turquesa con dibujos de cachemir y un pantalón rojo de tela india. Mientras se sentaba confiado, asistía indiferente a la dificultad que tenía el impedido en apartar la silla de la mesa. Los dos eran altos, a pesar de estar ya sentados. Pidieron cervezas. Se las sirvieron sin vaso. Eran viejos clientes.

Un grupo de chicas jóvenes inundó la plaza. El de la camisa de cachemir no las miró. El de la silla de ruedas tampoco. Qué lejos les quedaban sus mejores tiempos. Miré a las chicas una a una. Me dio tiempo. A mirarlas, a admirarlas y a pensar en cuándo llegarían los míos, mis mejores tiempos. Desaparecieron en aquella esquina de la farola, todavía iluminada.

Se cayó por fin. La ceniza estaba deshecha sobre sus pantalones. Miró enojado hacia abajo solo un instante, tenían un acompañante. Chaqueta blanca descuidada y sombrero panamá. No sonrió, las viejas costumbres se hacen sin ceremonias. Esta vez la botella de cerveza llegó sin pedirla.

Me entretuve imaginando qué les unía tarde tras tarde en aquel café de mesas pequeñas. Mientras intentaba oír su conversación, disimulé mirando a tres mujeres de mediana edad que en cinco pasos y cuatro guiños, escudriñaron la totalidad de la plaza para desaparecer por la esquina destartalada de la oscura farola gris, ahora apagada sin la luz del sol.

Allí, una mujer sin iluminar, fumaba.

Por primera vez, la esquina tomó forma. La mujer se convirtió en solista de los débiles reflejos del último sol, de los olores a anís y a café, de la conversación sobre el yo que ahora distinguía en los que tenían que ser sin duda, tres viejos lacanianos que habían resistido al siglo XX, al estructuralismo y a algún que otro suicidio frente al espejo. Era morena, el esbozo de su cara resumía el Mediterráneo. Inclinó la cabeza. La melena acompañaba el movimiento. El humo del tabaco se enredó en su pelo negro, amasijo de paja y sombra.

Apenas presté atención a una pareja francesa, con dos niños sucios en las manos y uno limpio en la mochila, con las ropas flojas de colores vivos, con el pelo crespo despeinado y anudado.

Me intrigaba porque apenas reconocía los rasgos. Por un momento pensé que aquello era una oportunidad, la de imaginármela. Me concentré en el café revolviendo un azúcar que no había servido. Aquella mujer podía ser lo que yo quisiera que fuera. Allí permanecía, con la piel oscura de todos los seres  portuarios, con la mirada caliente de las razas mestizas, con la desesperación de quien espera lo que nunca vendrá, con la sangre ebria de siglos de salitre. Los últimos rayos de sol jugaban a enredarse entre sus ropas interiores. Podría distinguir lo que yo quisiera, incluso entenderme con ella aunque no supiera una palabra de genovés, y escucharla contar la historia que le había llevado a descansar en aquella esquina oscura.

Pero no quise. La realidad fuerza, y volví a mirarla destruyendo la ensoñación. La distinguí. Era una mujer más esperando a alguien que ahora parecía llegar. Sonrió y antes de tirar el cigarro dio una última calada. Cuando la lumbre dejó de brillar, la farola se encendió. La mujer besó al recién llegado. Aquel beso tenía que saber a tabaco y a sal.

La luz de la farola desenredó las sombras de su pelo.

Cuando desaparecía por la esquina, repentinamente volvió su cabeza y me miró.

¡Claro que sus ojos eran negros!

La fuerza del misterio me golpeó con aquella última mirada. Me turbó tanto que no supe cuándo me abandonaron los supervivientes de Lacan. Poco a poco se encendían las luces de las callejuelas. Los olores de las tabernas expulsaban tranquilos el olor del mar. El aire seco y templado seguiría toda la noche en la plaza.

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2 respuestas a “La farola”

  1. Elvira dijo:

    Muy bien escrito. Has hecho que estuviera yo también en esa plaza. Saludos

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