“El último cuento”

Debo escribir a propósito de un encuentro en taxi.

Me llegan cientos de imágenes de vehículos compartidos, aventuras incipientes de desconocidos encontradizos, parejas enamoradas en viajes iniciáticos, chicos trajeados y mujeres de altísimos tacones, y hasta de ti y de mí escapando de todo lo que conocíamos. En formatos tan variados como las películas de taxis amarillos en las calles tan altas como largas de la retícula neoyorkina, desayunos en Tiffany´s con Holly y su vestido fresco negro, sandalias negras y collar de perlas, o de simple recuerdo sin colores en el Madrid de los cincuenta. Conversaciones lacias premonitorias de pasiones no confesadas, miradas indiscretas a cualquier parte del cuerpo, uñas recortadas, flecos de un traje que hablan de un descuido ocasional o de toda una forma de ser, el frunce del escote, el mohín de los labios, un olor desconocido que no se sabe si es propio o prestado, los zapatos limpios o las gafas con los restos digitales.

Debo escribir pero no puedo. Mis compañeros darán cuenta de todo ello con mucha más complejidad que lo que yo pueda hacer.

Y es que es el último cuento. Sobre un viaje compartido. Diecisiete personas nos hemos contado historias escribiendo. Cada tarde de lunes, cada uno de los escritores abría un poco su mundo a los demás, una veces con humor, otras con verguenza y las más de las más, con emoción. Este lunes será el último y no quiero desaprovecharlo en un taxi.

Llevo conmigo la tarde en que me sorprendí cuando la protagonista de  nueve recuerdos era una perra y que lloré cuando murió; o aquéllas intentando descubrir las trampas que nos tendía la muerte en los cuentos de Jesús. Oyendo historias sobre viajes en trenes de represaliados y de princesas sin título en los palacios de ensueño de Estoril, aprendí que los tejados siempre miran al cielo y que la India es un amante perfecto.

Tendré que leer este mi último cuento, de hecho os lo estoy leyendo ya, y quiero agradeceros tantas buenas horas, a veces las únicas, que hemos compartido en el viejo y renovado almacén de vinos. Sólo pido que lleguen más cuentos, que nos leamos más historias, y prometo contaros aquella en que compartí un taxi en la ciudad de Roma, con una mujer de mirada misteriosa y sombrero ladeado. Sus labios rojos apretaban nerviosos la boquilla del cigarro. La sorpresa llegó cuando poco después de tomar asiento pronunció mi nombre de manera impertubable y …

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