“El encuentro”

Las porterías se elevaban oxidadas sobre la hierba alta del campo de fútbol. Los viejos e inútiles columpios no tenían sillas y sus cadenas me ensuciaron las manos al balancear los restos de aquel recuerdo de las tardes de verano.

Mi personaje soy yo, pensé. ¿Qué podría contar de mí? ¿Cómo empezaría mi historia sin contar la de una traición? ¿Existe algo que una los momentos del eterno presente que creo haber vivido?

Ni siquiera estoy seguro de haber sido la misma persona en todos estos años, setenta y nueve ya, en los que me cuesta reconocerme … e incluso quererme.

La infancia, más cercana a momentos de la historia que no comprendo como míos, fue un tiempo feliz lleno de misterios sin resolver, en el que la magia formaba parte de la realidad. Los olores, las mujeres, la poesía y la vida, eran flores que se abrían ante mí sin que pudiera comprender, no lo necesitaba, su razón de ser. La ilusión, las luces de la mañana, los cursos que eran una vida entera, la música y los libros, forjaron poco a poco una realidad cada vez más consistente que dejó paso a las ideas, a la pesada forma de ser que nunca me ha abandonado. Me hicieron a mí.

Recuerdo aquella vez que paseando al borde del mar me topé con él, con el joven que fui, conmigo. El encuentro fue brutal, sin previo aviso. Mirando al mar me reconocí en algún momento parecido cuando en el agua no veía olas sino azul, cuando aún no me había traicionado. Será que eso es vivir, pensé intentando perdonarme. Pero la cara de mi acompañante no me dio tregua, no era la cara de un amigo.

Me vi valiente, decidido, con ganas de amar. Reconocí la mirada fresca de quien peca sin saberlo ni importarle. Me volví a asomar de nuevo a tantas ideas bellas, a tantos libros leídos cuando los libros sabían más que yo. Descubrí la arrogancia que me acompañaba y que ya me abandonó, mi cara limpia, mis manos grandes, mi nombre. Todas las ilusiones, la esperanza de ser un gran tipo sin saber que entonces, y nunca más, lo era.

Bajé la cabeza ante él, avergonzado. ¿Qué te he hecho?

El silencio fue toda la respuesta. El silencio del ruido del mar.

No he podido olvidar aquel encuentro largo al borde de un acantilado. No sé quién de los dos volvió porque ni él se fue ni yo me despedí. Su recuerdo me ha acompañado siempre pero no le he vuelto a ver. Ni siquiera cuando paseo por los lugares en que vivió y rememoro los tiempos en que corría y jugaba con la vida. Este campo de fútbol abandonado donde la hierba alta impide andar, no consigue apagar el sonido de los juegos ni el recuerdo de tantos días en los que fue feliz.

Pronto que tarde llegará el desenlace de mi vida. Los días se suceden sin motivo alguno en una larga y aburrida lista de razones para irme. Espero con todas mis fuerzas que me haya perdonado porque yo no lo he hecho. Día a día, vuelvo a caminar por el viejo campo de fútbol al borde del mar con la única esperanza de volverle a ver. Y sin embargo no consigo llevarme de allí nada más que la imagen más triste del mundo, las porterías oxidadas en la hierba alta del recuerdo.

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