Los tiernos lamentos. Yoko Ogawa.

En ese momento resonó el grito de un pájaro, claro y fuerte, que se abría camino entre los abedules. También se hizo perceptible el murmullo de las ramas de los árboles.

–Es conservadora de museo.

Al principio no lo oí bien por el grito del pájaro. Instantes después comprendí que me estaba hablando de su mujer.

–Ella amó más que nadie que yo tocara el piano.

Levanté la mirada hacia su perfil. Inspiró profundamente y, después de dar un golpecito con la regla a la caja de café, prosiguió:

–Seguramente esa fue la causa por la cual no quiso venir conmigo cuando abandoné el piano para dedicarme a la fabricación de clavecines.

–¿Y por qué abandonó el piano? –le pregunté para arrepentirme enseguida de haber formulado la pregunta. Porque acababa de dirigir hacia mí su mirada y permanecía callado. No parecía haberse enfadado. E incluso me pareció que esbozaba una ligera sonrisa. Pero era una sonrisa débil, desalentada, que podía convertirse fácilmente en tristeza.

–Porque carecía de talento –me contestó tras un silencio.

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Con el viento, sus cabellos cortos se levantaban ligeramente antes de volver de inmediato a su lugar. Eran el único punto de su cuerpo que se movía.

Era la primera vez que veía llorar a alguien de una manera tan triste y tan magnífica. Hasta el extremo de que sentía más deseos de mirarla llorar que de intentar consolarla.

 

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Mujeres. Hermenegildo Anglada Camarasa.

 

Hermen Anglada Camarasa. Javier Ibarrola

 

Hermen Anglada Camarasa. Javier Ibarrola

 

Hermen Anglada Camarasa. Javier Ibarrola

 

Hermen Anglada Camarasa. Javier Ibarrola

 

Hermen Anglada Camarasa. Javier Ibarrola

 

Hermen Anglada Camarasa. Javier Ibarrola

 

Hermen Anglada Camarasa. Javier Ibarrola

 

Hermen Anglada Camarasa. Javier Ibarrola

 

Hermen Anglada Camarasa. Javier Ibarrola

 

Hermen Anglada Camarasa. Javier Ibarrola

 

Hermen Anglada Camarasa. Javier Ibarrola

 

Hermen Anglada Camarasa. Javier Ibarrola

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“El Gatopardo”, Giuseppe Tomasi di Lampedusa. (2)

No había elevado el tono de voz, pero su mano apretaba cada vez con más fuerza la cúpula de San Pedro; al día siguiente se vio que la diminuta cruz de la cúspide estaba hecha trizas. “El sueño, querido Chevalley, el sueño es lo que más desean los sicilianos, y siempre odiarán al que pretenda despertarlos, aunque sea para traerles los mejores regalos; dicho sea entre nosotros, personalmente dudo mucho de que el nuevo reino tenga demasiados regalos para nosotros en su equipaje. Todas las expresiones sicilianas son expresiones oníricas, hasta las más violentas: nuestra sensualidad es deseo de olvido, nuestros escopetazos y nuestras cuchilladas son deseo de muerte; deseo de voluptuosa inmovilidad, o sea también de muerte, son nuestra pereza, nuestros sorbetes de escorzonera o de canela; cuando nos ponemos pensativos, se diría que es la nada queriendo escrutar los enigmas del nirvana. Así se explica el poder desmedido que ejercen aquí ciertas personas: son aquellos que están semidespiertos; como también el famoso siglo de retraso en las manifestaciones artísticas e intelectuales de Sicilia: las novedades sólo nos atraen cuando sentimos que están muertas, que ya no pueden producir corrientes vitales; a ello se debe asimismo ese fenómeno increíble de la creación actual, ante nuestros ojos, de unos mitos que si fueran realmente antiguos despertarían veneración, pero apenas logran ser siniestras tentativas de sumergirse otra vez en un pasado que nos atrae precisamente porque está muerto”.

Ferdinando-Scianna_650x435(Ferdinando Scianna)

Los Sicilianos jamás querrán mejorar por la sencilla razón de que se creen perfectos; en ellos la vanidad es más fuerte que la miseria; toda intromisión de extraños, ya sea por el origen o –si se trata de Sicilianos– por la libertad de las ideas, es un ataque contra el sueño de perfección en que se hallan sumidos, una amenaza contra la calma satisfecha con que aguardan la nada; aunque una docena de pueblos de diversa índole hayan venido a pisotearlos, están convencidos de tener un pasado imperial que les garantiza el derecho a un entierro fastuoso. ¿De verdad cree usted, Chevalley, que es el primero que pretende encauzar a Sicilia en la corriente de la historia universal? ¡Quién sabe cuántos imanes mahometanos, cuántos caballeros del rey Rogelio, cuántos escribas de los suevos, cuántos barones de Anjou, cuántos legistas del Católico concibieron también esa hermosa locura! ¡Y cuántos virreyes españoles, cuántos funcionarios reformadores del reino de Carlos III! ¿Quién recuerda ahora sus nombres? Pero su insistencia fue en vano: Sicilia prefirió seguir durmiendo; ¿por qué hubiese tenido que escucharlos, si es rica, sabia, honesta, si todos la admiran y la envidian, si, para decirlo en una palabra, es perfecta?

Scianna_Pantelleria_1962(Ferdinando Scianna)

En la débil luz violácea de las cinco y media de la madrugada, Donnafugata se veía desierta y desamparada. Ante cada casa, los desechos de las mesas miserables se acumulaban junto a los muros desconchados; temblorosos perros hurgaban en ellos con afán siempre infecundo. Algunas puertas ya estaban abiertas y el hedor de los que dormían hacinados llegaba hasta la calle; al resplandor de los pabilos, las madres examinaban los párpados de sus hijos enfermos de tracoma; casi todas llevaban luto y muchas habían estado casadas con alguno de esos monigotes que aparecen de improviso a la vuelta de los senderos. Los hombres cogían el azadón y se marchaban en busca de quien, Dios mediante, pudiera darles trabajo; silencio extenuado o voces histéricas chillando a más no poder; por la parte del Santo Spirito el alba marcaba ya su aureola de estaño en las plomizas nubes.

Chevalley pensaba: “Esta situación no durará mucho; con nuestra administración, nueva, ágil, moderna, todo cambiará”. El Príncipe se sentía abatido: “Todo esto –pensaba– no debería durar; sin embargo, durará, durará siempre; el “siempre” humano, desde luego, un siglo, dos siglos…; luego será distintos, pero peor. Nosotros hemos sido los Gatopardos, los leones; quienes ocupen nuestro lugar serán los pequeños chacales, las hienas; y todos, Gatopardos, chacales y ovejas, seguiremos creyéndonos la sal de la tierra”. Después de darse mutuamente las gracias se despidieron. Chevalley trepó a la diligencia, suspendida entre cuatro altas ruedas color de vómito. El caballo, lleno de hambre y de mataduras, inició el largo viaje.

Estaba amaneciendo; la poca luz que conseguía atravesar la espesa capa de nubes tropezaba luego con la suciedad inmemorial de la ventanilla. Chevalley estaba solo; entre golpes y tumbos se humedeció con saliva la punta del índice y limpió en el cristal un círculo del tamaño de un ojo. Miró: ante él, bamboleándose bajo la luz cenicienta, se abría el paisaje irredimible.

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Giovanni Fattori, (1825-1908).

 

Autorretrato de G. Fattori. 1854

 

Giovanni Fattori - 4 La strada bianca

 

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%22Il muro bianco%22. 1872

 

Carretas romanas, 1873

 

780GiovanniFattori-2damasentadaalairelibre1866

 

La rotonda dei Bagni Palmieri. 1866

 

La torre del marzocco. 1885-90

 

La sardigna a livorno. 1865-67

 

Der Steigb�gel. 1878-1879

 

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“El Gatopardo” de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

Pero el jardín, comprimido y macerado entre sus límites, despedía fragancias untuosas, carnales y levemente pútridas como los líquidos aromáticos que destilan las reliquias de ciertas santas; el penetrante olor de los claveles superaba al perfume canónico de las rosas y al oleoso aroma de las magnolias, más densos en los rincones; y también se notaba la escondida fragancia de la menta mezclada con el aroma infantil de la mimosa y el olor a confitería del arrayán, y desde el otro lado del muro los naranjos y limoneros derramaban el olor a alcoba de los primeros azahares.

Era un jardín para ciegos: allí la vista no encontraba más que ofensas; el olfato, en cambio, un manantial de placeres, si no delicados al menos muy intensos. Las rosas Paul Neyron cuyas plantitas él mismo había adquirido en París habían degenerado: estimuladas primero y agotadas luego por los jugos vigorosos e indolentes de la tierra siciliana, quemadas por los julios apocalípticos, se habían transformado en una especie de coles obscenas color carne que sin embargo destilaban una fragancia densa casi indecente que ningún cultivador francés se hubiera atrevido a imaginar. El Príncipe se llevó una a la nariz y pensó que estaba oliendo el muslo de una bailarina de la Ópera. Bendicó, a quien también le fue ofrecida, retrocedió asqueado y se apresuró a buscar sensaciones más saludables en un montón de estiércol y lagartijas muertas.

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El sol, que sin embargo en aquella mañana del 13 de Mayo distaba mucho de haber alcanzado su máxima vehemencia, era evidentemente el auténtico soberano de Sicilia: el sol violento e irrespetuoso, el sol soporífero incluso, que anulaba todas las voluntades y mantenía cada cosa en una inmovilidad servil, acunada por sueños violentos, sacudida por violencias arbitrarias como los sueños mismos.

Il Gattopardo - Film 1963

Todo transcurría con la serenidad de siempre, cuando de pronto Francesco Paolo, el hijo de dieciséis años, irrumpió ruidosamente en el salón: “Papá, don Calogero está subiendo la escalera. ¡Y lleva frack!”.

Tancredi valoró la importancia de la noticia un segundo antes que los demás; estaba dedicado a fascinar a la mujer de don Onofrio, pero cuando oyó la palabra fatal no pudo contenerse y estalló en una carcajada convulsiva. En cambio, el Príncipe no rió, pues aquella noticia le afectó mucho más que el parte del desembarco en Masala. Este último había sido un acontecimiento no sólo previsto sino también remoto e invisible. Ahora, en cambio, con lo sensible que era a los presagios y a los símbolos, veía aparecer a la Revolución misma encarnada en aquella corbatita blanca y en aquellos dos faldones negros que subían las escaleras de su casa. Ya no sólo había dejado de ser el principal propietario de Donnafugata, sino que se veía obligado incluso a recibir en traje de diario a un invitado que, como correspondía, se presentaba en traje de etiqueta.

Se sintió muy abatido, y dominado aún por ese sentimiento avanzó como un autómata hacia la puerta para recibir al invitado. Sn embargo, al verlo experimentó cierto alivio. Aunque desde el punto de vista político estuviese perfecto, podía decirse, en cambio, que como pieza de sastrería el frack de don Calogero era una catástrofe. La tela era muy fina, el modelo reciente, pero el corte era sencillamente monstruoso. El Verbo londinense se había encarnado con bastante poca fortuna en el artesano de Agrigento que había escogido don Calogero guiado por su tenaz avaricia. Los faldones elevaban sus puntas hacia el cielo en muda súplica, el ancho cuello era deforme y, por doloroso que resulte, es preciso decir que los pies del alcalde estaban calzados con borceguíes de botones.

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Aquella mañana, poco antes de llegar a la cima de la colina, Arguto y Teresina iniciaron la danza ritual de los perros que han olfateado la caza: se arrastraban, se ponían tensos, levantaban las patas con cautela, ahogaban los ladridos: minutos después un culito cubierto de pelos grises se deslizó entre la hierba, dos disparos simultáneos pusieron fin  a la silenciosa espera; Arguto depositó a los pies del Príncipe un animalillo agonizante. Era un conejo salvaje; la modesta casaca color de greda no había conseguido salvarlo. Horribles heridas le habían desgarrado el hocico y el pecho. Don Fabrizio se vio contemplado por dos grandes ojos negros, que invadidos rápidamente por un velo glauco, lo miraban sin rencor pero cuya expresión de doloroso asombro era un reproche dirigido contra el orden mismo de las cosas; las aterciopeladas orejas ya estaban frías, las patitas se contraían enérgica y rítmicamente, símbolo póstumo de una inútil fuga; el animal moría torturado por una angustiosa esperanza de salvación, imaginando, como tantos hombres, que aún podría superar el trance, cuando ya estaba condenado; mientras los piadosos dedos acariciaban el pobre hociquillo, un último estremecimiento sacudió el cuerpo del animal; el conejo murió, pero Don Fabrizio y Tumeo se habían entretenido; el primero había experimentado, además del placer de matar, el goce tranquilizador de compadecer.

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Pierre Boncompain.

 

Pierre Boncompain. Javier Ibarrola

 

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Alrededor de Quintanaluengos

 

Quintanaluengos. Javier Ibarrola

 

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Quintanaluengos. Javier Ibarrola

 

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Quintanaluengos. Javier Ibarrola

 

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